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Hans christian andersen cuentos clasicos para niños

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Trang 1

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Hans Cristian Andersen

 

CUENTOS  CLÁSICOS   PARA NIÑOS  

   

Trang 2

La princesa del guisante

Érase una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero que fuese una princesa de verdad En su busca recorrió todo el mundo, mas siempre había algún pero Princesas había muchas, mas nunca lograba asegurarse de que lo fueran de veras; cada vez encontraba algo que le parecía sospechoso Así regresó a su casa muy triste, pues estaba empeñado en encontrar a una princesa auténtica

Una tarde estalló una terrible tempestad; sucedíanse sin interrupción los rayos y los truenos, y llovía a cántaros; era un tiempo espantoso En éstas llamaron a la puerta de la ciudad, y el anciano Rey acudió a abrir

Una princesa estaba en la puerta; pero ¡santo Dios, cómo la habían puesto la lluvia y el mal tiempo! El agua le chorreaba por el cabello y los vestidos, se le metía por las cañas

de los zapatos y le salía por los tacones; pero ella afirmaba que era una princesa verdadera

"Pronto lo sabremos", pensó la vieja Reina, y, sin decir palabra, se fue al dormitorio, levantó la cama y puso un guisante sobre la tela metálica; luego amontonó encima veinte colchones, y encima de éstos, otros tantos edredones

En esta cama debía dormir la princesa

Por la mañana le preguntaron qué tal había descansado

- ¡Oh, muy mal! -exclamó- No he pegado un ojo en toda la noche ¡Sabe Dios lo que habría en la cama! ¡Era algo tan duro, que tengo el cuerpo lleno de cardenales!

¡Horrible!

Entonces vieron que era una princesa de verdad, puesto que, a pesar de los veinte colchones y los veinte edredones, había sentido el guisante Nadie, sino una verdadera princesa, podía ser tan sensible

El príncipe la tomó por esposa, pues se había convencido de que se casaba con una princesa hecha y derecha; y el guisante pasó al museo, donde puede verse todavía, si nadie se lo ha llevado

Esto sí que es una historia, ¿verdad?

Los zapatos rojos

Érase una vez una niña muy linda y delicada, pero tan pobre, que en verano andaba siempre descalza, y en invierno tenía que llevar unos grandes zuecos, por lo que los piececitos se le ponían tan encarnados, que daba lástima

En el centro del pueblo habitaba una anciana, viuda de un zapatero Tenía unas viejas tiras de paño colorado, y con ellas cosió, lo mejor que supo, un par de zapatillas Eran bastante patosas, pero la mujer había puesto en ellas toda su buena intención Serían para la niña, que se llamaba Karen

Le dieron los zapatos rojos el mismo día en que enterraron a su madre; aquel día los estrenó No eran zapatos de luto, cierto, pero no tenía otros, y calzada con ellos acompañó el humilde féretro

Acertó a pasar un gran coche, en el que iba una señora anciana Al ver a la pequeñuela, sintió compasión y dijo al señor cura:

- Dadme la niña, yo la criaré

Karen creyó que todo aquello era efecto de los zapatos colorados, pero la dama dijo que eran horribles y los tiró al fuego La niña recibió vestidos nuevos y aprendió a leer y a coser La gente decía que era linda; sólo el espejo decía:

- Eres más que linda, eres hermosa

Trang 3

Un día la Reina hizo un viaje por el país, acompañada de su hijita, que era una princesa

La gente afluyó al palacio, y Karen también La princesita salió al balcón para que todos pudieran verla Estaba preciosa, con un vestido blanco, pero nada de cola ni de corona

de oro En cambio, llevaba unos magníficos zapatos rojos, de tafilete, mucho más hermosos, desde luego, que los que la viuda del zapatero había confeccionado para Karen No hay en el mundo cosa que pueda compararse a unos zapatos rojos

Llegó la niña a la edad en que debía recibir la confirmación; le hicieron vestidos nuevos,

y también habían de comprarle nuevos zapatos El mejor zapatero de la ciudad tomó la medida de su lindo pie; en la tienda había grandes vitrinas con zapatos y botas preciosos

y relucientes Todos eran hermosísimos, pero la anciana señora, que apenas veía, no encontraba ningún placer en la elección Había entre ellos un par de zapatos rojos, exactamente iguales a los de la princesa: ¡qué preciosos! Además, el zapatero dijo que los había confeccionado para la hija de un conde, pero luego no se habían adaptado a su pie

- ¿Son de charol, no? -preguntó la señora- ¡Cómo brillan!

- ¿Verdad que brillan? - dijo Karen; y como le sentaban bien, se los compraron; pero la anciana ignoraba que fuesen rojos, pues de haberlo sabido jamás habría permitido que la niña fuese a la confirmación con zapatos colorados Pero fue

Todo el mundo le miraba los pies, y cuando, después de avanzar por la iglesia, llegó a la puerta del coro, le pareció como si hasta las antiguas estatuas de las sepulturas, las imágenes de los monjes y las religiosas, con sus cuellos tiesos y sus largos ropajes negros, clavaran los ojos en sus zapatos rojos; y sólo en ellos estuvo la niña pensando mientras el obispo, poniéndole la mano sobre la cabeza, le habló del santo bautismo, de

su alianza con Dios y de que desde aquel momento debía ser una cristiana consciente El órgano tocó solemnemente, resonaron las voces melodiosas de los niños, y cantó también el viejo maestro; pero Karen sólo pensaba en sus magníficos zapatos

Por la tarde se enteró la anciana señora -alguien se lo dijo de que los zapatos eran colorados, y declaró que aquello era feo y contrario a la modestia; y dispuso que, en adelante, Karen debería llevar zapatos negros para ir a la iglesia, aunque fueran viejos

El siguiente domingo era de comunión Karen miró sus zapatos negros, luego contempló los rojos, volvió a contemplarlos y, al fin, se los puso

Brillaba un sol magnífico Karen y la señora anciana avanzaban por la acera del mercado de granos; había un poco de polvo

En la puerta de la iglesia se había apostado un viejo soldado con una muleta y una larguísima barba, más roja que blanca, mejor dicho, roja del todo Se inclinó hasta el suelo y preguntó a la dama si quería que le limpiase los zapatos Karen presentó también

su piececito

- ¡Caramba, qué preciosos zapatos de baile! -exclamó el hombre- Ajustad bien cuando bailéis - y con la mano dio un golpe a la suela

La dama entregó una limosna al soldado y penetró en la iglesia con Karen

Todos los fieles miraban los zapatos rojos de la niña, y las imágenes también; y cuando ella, arrodillada ante el altar, llevó a sus labios el cáliz de oro, estaba pensando en sus zapatos colorados y le pareció como si nadaran en el cáliz; y se olvidó de cantar el salmo y de rezar el padrenuestro

Salieron los fieles de la iglesia, y la señora subió a su coche Karen levantó el pie para subir a su vez, y el viejo soldado, que estaba junto al carruaje, exclamó: - ¡Vaya preciosos zapatos de baile! - Y la niña no pudo resistir la tentación de marcar unos pasos de danza; y he aquí que no bien hubo empezado, sus piernas siguieron bailando por sí solas, como si los zapatos hubiesen adquirido algún poder sobre ellos Bailando

se fue hasta la esquina de la iglesia, sin ser capaz de evitarlo; el cochero tuvo que correr

Trang 4

tras ella y llevarla en brazos al coche; pero los pies seguían bailando y pisaron fuertemente a la buena anciana Por fin la niña se pudo descalzar, y las piernas se quedaron quietas

Al llegar a casa los zapatos fueron guardados en un armario; pero Karen no podía resistir la tentación de contemplarlos

Enfermó la señora, y dijeron que ya no se curaría Hubo que atenderla y cuidarla, y nadie estaba más obligado a hacerlo que Karen Pero en la ciudad daban un gran baile, y

la muchacha había sido invitada Miró a la señora, que estaba enferma de muerte, miró los zapatos rojos, se dijo que no cometía ningún pecado Se los calzó - ¿qué había en ello de malo? - y luego se fue al baile y se puso a bailar

Pero cuando quería ir hacia la derecha, los zapatos la llevaban hacia la izquierda; y si quería dirigirse sala arriba, la obligaban a hacerlo sala abajo; y así se vio forzada a bajar las escaleras, seguir la calle y salir por la puerta de la ciudad, danzando sin reposo; y, sin poder detenerse, llegó al oscuro bosque

Vio brillar una luz entre los árboles y pensó que era la luna, pues parecía una cara; pero resultó ser el viejo soldado de la barba roja, que haciéndole un signo con la cabeza, le dijo:

- ¡Vaya hermosos zapatos de baile!

Se asustó la muchacha y trató de quitarse los zapatos para tirarlos; pero estaban ajustadísimos, y, aun cuando consiguió arrancarse las medias, los zapatos no salieron; estaban soldados a los pies Y hubo

de seguir bailando por campos y prados, bajo la lluvia y al sol, de noche y de día ¡De noche, especialmente, era horrible!

Los zapatos rojos

Continuación

Bailando llegó hasta el cementerio, que estaba abierto; pero los muertos no bailaban, tenían otra cosa mejor que hacer Quiso sentarse sobre la fosa de los pobres, donde crece el amargo helecho; mas no había para ella tranquilidad ni reposo, y cuando, sin dejar de bailar, penetró en la iglesia, vio en ella un ángel vestido de blanco, con unas alas que le llegaban desde los hombros a los pies Su rostro tenía una expresión grave y severa, y en la mano sostenía una ancha y brillante espada

- ¡Bailarás -le dijo-, bailarás en tus zapatos rojos hasta que estés lívida y fría, hasta que

tu piel se contraiga sobre tus huesos! Irás bailando de puerta en puerta, y llamarás a las

de las casas donde vivan niños vanidosos y presuntuosos, para que al oírte sientan miedo de ti ¡Bailarás!

- ¡Misericordia! - suplicó Karen Pero no pudo oír la respuesta del ángel, pues sus zapatos la arrastraron al exterior, siempre bailando a través de campos, caminos y senderos

Una mañana pasó bailando por delante de una puerta que conocía bien En el interior resonaba un cantar de salmos, y sacaron un féretro cubierto de flores Entonces supo que

la anciana señora había muerto, y comprendió que todo el mundo la había abandonado y

el ángel de Dios la condenaba

Y venga bailar, baila que te baila en la noche oscura Los zapatos la llevaban por espinos y cenagales, y los pies le sangraban

Luego hubo de dirigirse, a través del erial, hasta una casita solitaria Allí se enteró de que aquélla era la morada del verdugo, y, llamando con los nudillos, al cristal de la ventana dijo:

Trang 5

- ¡Sal, sal! ¡Yo no puedo entrar, tengo que seguir bailando! El verdugo le respondió:

- ¿Acaso no sabes quién soy? Yo corto la cabeza a los malvados, y cuido de que el hacha resuene

- ¡No me cortes la cabeza -suplicó Karen-, pues no podría expiar mis pecados; pero córtame los pies, con los zapatos rojos!

Reconocía su culpa, y el verdugo le cortó los pies con los zapatos, pero éstos siguieron bailando, con los piececitos dentro, y se alejaron campo a través y se perdieron en el bosque

El hombre le hizo unos zuecos y unas muletas, le enseñó el salmo que cantan los penitentes, y ella, después de besar la mano que había empuñado el hacha, emprendió el camino por el erial

- Ya he sufrido bastante por los zapatos rojos -dijo-; ahora me voy a la iglesia para que todos me vean- Y se dirigió al templo sin tardanza; pero al llegar a la puerta vio que los zapatos danzaban frente a ella, y, asustada, se volvió

Pasó toda la semana afligida y llorando amargas lágrimas; pero al llegar el domingo dijo:

- Ya he sufrido y luchado bastante; creo que ya soy tan buena como muchos de los que están vanagloriándose en la iglesia - Y se encaminó nuevamente a ella; mas apenas llegaba a la puerta del cementerio, vio los zapatos rojos que continuaban bailando y, asustada, dio media vuelta y se arrepintió de todo corazón de su pecado

Dirigiéndose a casa del señor cura, rogó que la tomasen por criada, asegurando que sería muy diligente y haría cuanto pudiese; no pedía salario, sino sólo un cobijo y la compañía de personas virtuosas La señora del pastor se compadeció de ella y la tomó a

su servicio Karen se portó con toda modestia y reflexión; al anochecer escuchaba atentamente al párroco cuando leía la Biblia en voz alta Era cariñosa con todos los niños, pero cuando los oía hablar de adornos y ostentaciones y de que deseaban ser hermosos, meneaba la cabeza con un gesto de desaprobación

Al otro domingo fueron todos a la iglesia y le preguntaron si deseaba acompañarlos; pero ella, afligida, con lágrimas en los ojos, se limitó a mirar sus muletas Los demás se dirigieron al templo a escuchar la palabra divina, mientras ella se retiraba a su cuartito, tan pequeño que no cabían en él más que la cama y una silla Sentóse en él con el libro

de cánticos, y, al absorberse piadosa en su lectura, el viento le trajo los sones del órgano

de la iglesia Levantó ella entonces el rostro y, entre lágrimas, dijo:

- ¡Dios mío, ayúdame!

Y he aquí que el sol brilló con todo su esplendor, y Karen vio frente a ella el ángel vestido de blanco que encontrara aquella noche en la puerta de la iglesia; pero en vez de

la flameante espada su mano sostenía ahora una magnífica rama cuajada de rosas Tocó con ella el techo, que se abrió, y en el punto donde había tocado la rama brilló una estrella dorada; y luego tocó las paredes, que se ensancharon, y vio el órgano tocando y las antiguas estatuas de monjes y religiosas, y la comunidad sentada en las bien cuidadas sillas, cantando los himnos sagrados Pues la iglesia había venido a la angosta habitación de la pobre muchacha, o tal vez ella había sido transportada a la iglesia Encontróse sentada en su silla, junto a los miembros de la familia del pastor, y cuando, terminado el salmo, la vieron, la saludaron con un gesto de la cabeza, diciendo:

- Hiciste bien en venir, Karen -Fue la misericordia de Dios dijo ella

Y resonó el órgano, y, con él, el coro de voces infantiles, dulces y melodiosas El sol enviaba sus brillantes rayos a través de la ventana, dirigiéndolos precisamente a la silla donde se sentaba Karen El corazón de la muchacha quedó tan rebosante de luz, de paz

y de alegría, que estalló Su alma voló a Dios Nuestro Señor, y allí nadie le preguntó ya por los zapatos rojos

Trang 6

El porquerizo

Érase una vez un príncipe que andaba mal de dinero Su reino era muy pequeño, aunque

lo suficiente para permitirle casarse, y esto es lo que el príncipe quería hacer

Sin embargo, fue una gran osadía por su parte el irse derecho a la hija del Emperador y decirle en la cara: -¿Me quieres por marido?- Si lo hizo, fue porque la fama de su nombre había llegado muy lejos Más de cien princesas lo habrían aceptado, pero, ¿lo querría ella?

Pues vamos a verlo

En la tumba del padre del príncipe crecía un rosal, un rosal maravilloso; florecía solamente cada cinco años, y aun entonces no daba sino una flor; pero era una rosa de fragancia tal, que quien la olía se olvidaba de todas sus penas y preocupaciones Además, el príncipe tenía un ruiseñor que, cuando cantaba, habríase dicho que en su garganta se juntaban las más bellas melodías del universo Decidió, pues, que tanto la rosa como el ruiseñor serían para la princesa, y se los envió encerrados en unas grandes cajas de plata

El Emperador mandó que los llevaran al gran salón, donde la princesa estaba jugando a

«visitas» con sus damas de honor Cuando vio las grandes cajas que contenían los regalos, exclamó dando una palmada de alegría:

- ¡A ver si será un gatito! -pero al abrir la caja apareció el rosal con la magnífica rosa

- ¡Qué linda es! -dijeron todas las damas

- Es más que bonita -precisó el Emperador-, ¡es hermosa!

Pero cuando la princesa la tocó, por poco se echa a llorar

- ¡Ay, papá, qué lástima! -dijo- ¡No es artificial, sino natural!

- ¡Qué lástima! -corearon las damas- ¡Es natural!

- Vamos, no te aflijas aún, y veamos qué hay en la otra caja -, aconsejó el Emperador; y salió entonces el ruiseñor, cantando de un modo tan bello, que no hubo medio de manifestar nada en su contra

- ¡Superbe, charmant! -exclamaron las damas, pues todas hablaban francés a cual peor

- Este pájaro me recuerda la caja de música de la difunta Emperatriz -observó un anciano caballero- Es la misma melodía, el mismo canto

- En efecto -asintió el Emperador, echándose a llorar como un niño

- Espero que no sea natural, ¿verdad? -preguntó la princesa

- Sí, lo es; es un pájaro de verdad -respondieron los que lo habían traído

- Entonces, dejadlo en libertad -ordenó la princesa; y se negó a recibir al príncipe

Pero éste no se dio por vencido Se embadurnó de negro la cara y, calándose una gorra hasta las orejas, fue a llamar a palacio

- Buenos días, señor Emperador -dijo- ¿No podríais darme trabajo en el castillo?

- Bueno -replicó el Soberano- Necesito a alguien para guardar los cerdos, pues tenemos muchos

Y así el príncipe pasó a ser porquerizo del Emperador Le asignaron un reducido y mísero cuartucho en los sótanos, junto a los cerdos, y allí hubo de quedarse Pero se pasó el día trabajando, y al anochecer había elaborado un primoroso pucherito, rodeado

de cascabeles, de modo que en cuanto empezaba a cocer las campanillas se agitaban, y tocaban aquella vieja melodía:

¡Ay, querido Agustín,

Trang 7

todo tiene su fin!

Pero lo más asombroso era que, si se ponía el dedo en el vapor que se escapaba del puchero, enseguida se adivinaba, por el olor, los manjares que se estaban guisando en todos los hogares de la ciudad ¡Desde luego la rosa no podía compararse con aquello!

He aquí que acertó a pasar la princesa, que iba de paseo con sus damas y, al oír la melodía, se detuvo con una expresión de contento en su rostro; pues también ella sabía

la canción del "Querido Agustín" Era la única que sabía tocar, y lo hacía con un solo dedo

- ¡Es mi canción! -exclamó- Este porquerizo debe ser un hombre de gusto Oye, vete abajo y pregúntale cuánto cuesta su instrumento

Tuvo que ir una de las damas, pero antes se calzó unos zuecos

- ¿Cuánto pides por tu puchero? -preguntó

- Diez besos de la princesa -respondió el porquerizo

- ¡Dios nos asista! -exclamó la dama

- Éste es el precio, no puedo rebajarlo -, observó él

- ¿Qué te ha dicho? -preguntó la princesa

- No me atrevo a repetirlo -replicó la dama- Es demasiado indecente

- Entonces dímelo al oído - La dama lo hizo así

- ¡Es un grosero! -exclamó la princesa, y siguió su camino; pero a los pocos pasos volvieron a sonar las campanillas, tan lindamente:

¡Ay, querido Agustín,

todo tiene su fin!

- Escucha -dijo la princesa- Pregúntale si aceptaría diez besos de mis damas

- Muchas gracias -fue la réplica del porquerizo- Diez besos de la princesa o me quedo con el puchero

- ¡Es un fastidio! - exclamó la princesa - Pero, en fin, poneos todas delante de mí, para que nadie lo vea

Las damas se pusieron delante con los vestidos extendidos; el porquerizo recibió los diez besos, y la princesa obtuvo la olla

¡Dios santo, cuánto se divirtieron! Toda la noche y todo el día estuvo el puchero cociendo; no había un solo hogar en la ciudad del que no supieran lo que en él se

Trang 8

cocinaba, así el del chambelán como el del remendón Las damas no cesaban de bailar y dar palmadas

- Sabemos quien comerá sopa dulce y tortillas, y quien comerá papillas y asado ¡Qué interesante!

- Interesantísimo -asintió la Camarera Mayor

- Sí, pero de eso, ni una palabra a nadie; recordad que soy la hija del Emperador

- ¡No faltaba más! -respondieron todas- ¡Ni que decir tiene!

El porquerizo, o sea, el príncipe -pero claro está que ellas lo tenían por un porquerizo auténtico- no dejaba pasar un solo día sin hacer una cosa u otra Lo siguiente que fabricó fue una carraca que, cuando giraba, tocaba todos los valses y danzas conocidos desde que el mundo es mundo

- ¡Oh, esto es superbe! -exclamó la princesa al pasar por el lugar

- ¡Nunca oí música tan bella! Oye, entra a preguntarle lo que vale el instrumento; pero nada de besos, ¿eh?

- Pide cien besos de la princesa -fue la respuesta que trajo la dama de honor que había entrado a preguntar

- ¡Este hombre está loco! -gritó la princesa, echándose a andar; pero se detuvo a los pocos pasos- Hay que estimular el Arte -observó- Por algo soy la hija del Emperador Dile que le daré diez besos, como la otra vez; los noventa restantes los recibirá de mis damas

- ¡Oh, señora, nos dará mucha vergüenza! -manifestaron ellas

- ¡Ridiculeces! -replicó la princesa- Si yo lo beso, también podéis hacerlo vosotras No olvidéis que os mantengo y os pago- Y las damas no tuvieron más remedio que resignarse

- Serán cien besos de la princesa -replicó él- o cada uno se queda con lo suyo

- Poneos delante de mí -ordenó ella; y, una vez situadas las damas convenientemente, el príncipe empezó a besarla

- ¿Qué alboroto hay en la pocilga? -preguntó el Emperador, que acababa de asomarse al balcón Y, frotándose los ojos, se caló los lentes- Las damas de la Corte que están haciendo de las suyas; bajaré a ver qué pasa

Y se apretó bien las zapatillas, pues las llevaba muy gastadas

¡Demonios, y no se dio poca prisa!

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Al llegar al patio se adelantó callandito, callandito; por lo demás, las damas estaban absorbidas contando los besos, para que no hubiese engaño, y no se dieron cuenta de la presencia del Emperador, el cual se levantó de puntillas

- ¿Qué significa esto? -exclamó al ver el besuqueo, dándole a su hija con la zapatilla en

la cabeza cuando el porquerizo recibía el beso número ochenta y seis

- ¡Fuera todos de aquí! -gritó, en el colmo de la indignación Y todos hubieron de abandonar el reino, incluso la princesa y el porquerizo

Y he aquí a la princesa llorando, y al porquerizo regañándole, mientras llovía a cántaros

- ¡Ay, mísera de mí! -exclamaba la princesa- ¿Por qué no acepté al apuesto príncipe?

¡Qué desgraciada soy!

Entonces el porquerizo se ocultó detrás de un árbol, y, limpiándose la tizne que le manchaba la cara y quitándose las viejas prendas con que se cubría, volvió a salir espléndidamente vestido de príncipe, tan hermoso y gallardo, que la princesa no tuvo más remedio que inclinarse ante él

- He venido a decirte mi desprecio -exclamó él- Te negaste a aceptar a un príncipe digno No fuiste capaz de apreciar la rosa y el ruiseñor, y, en cambio, besaste al porquerizo por una bagatela ¡Pues ahí tienes la recompensa!

Y entró en su reino y le dio con la puerta en las narices Ella tuvo que quedarse fuera y ponerse a cantar:

¡Ay, querido Agustín,

todo tiene su fin!

El intrépido soldadito de plomo

Éranse una vez veinticinco soldados de plomo, todos hermanos, pues los habían fundido

de una misma cuchara vieja Llevaban el fusil al hombro y miraban de frente; el uniforme era precioso, rojo y azul La primera palabra que escucharon en cuanto se levantó la tapa de la caja que los contenía fue: «¡Soldados de plomo!» La pronunció un chiquillo, dando una gran palmada Eran el regalo de su cumpleaños, y los alineó sobre

la mesa Todos eran exactamente iguales, excepto uno, que se distinguía un poquito de los demás: le faltaba una pierna, pues había sido fundido el último, y el plomo no bastaba Pero con una pierna, se sostenía tan firme como los otros con dos, y de él precisamente vamos a hablar aquí

En la mesa donde los colocaron había otros muchos juguetes, y entre ellos destacaba un bonito castillo de papel, por cuyas ventanas se veían las salas interiores Enfrente, unos arbolitos rodeaban un espejo que semejaba un lago, en el cual flotaban y se reflejaban unos cisnes de cera Todo era en extremo primoroso, pero lo más lindo era una muchachita que estaba en la puerta del castillo De papel también ella, llevaba un

Trang 10

hermoso vestido y una estrecha banda azul en los hombros, a modo de fajín, con una reluciente estrella de oropel en el centro, tan grande como su cara La chiquilla tenía los brazos extendidos, pues era una bailarina, y una pierna levantada, tanto, qué el soldado

de plomo, no alcanzando a descubrirla, acabó por creer que sólo tenía una, como él

«He aquí la mujer que necesito -pensó- Pero está muy alta para mí: vive en un palacio,

y yo por toda vivienda sólo tengo una caja, y además somos veinticinco los que vivimos

en ella; no es lugar para una princesa Sin embargo, intentaré establecer relaciones»

Y se situó detrás de una tabaquera que había sobre la mesa, desde la cual pudo contemplar a sus anchas a la distinguida damita, que continuaba sosteniéndose sobre un pie sin caerse

Al anochecer, los soldados de plomo fueron guardados en su caja, y los habitantes de la casa se retiraron a dormir Éste era el momento que los juguetes aprovechaban para jugar por su cuenta, a "visitas", a "guerra", a "baile"; los soldados de plomo alborotaban

en su caja, pues querían participar en las diversiones; mas no podían levantar la tapa El cascanueces todo era dar volteretas, y el pizarrín venga divertirse en la pizarra Con el ruido se despertó el canario, el cual intervino también en el jolgorio, recitando versos Los únicos que no se movieron de su sitio fueron el soldado de plomo y la bailarina; ésta seguía sosteniéndose sobre la punta del pie, y él sobre su única pierna; pero sin desviar ni por un momento los ojos de ella

El reloj dio las doce y, ¡pum!, saltó la tapa de la tabaquera; pero lo que había dentro no era rapé, sino un duendecillo negro Era un juguete sorpresa

- Soldado de plomo -dijo el duende-, ¡no mires así!

Pero el soldado se hizo el sordo

- ¡Espera a que llegue la mañana, ya verás! -añadió el duende

Cuando los niños se levantaron, pusieron el soldado en la ventana, y, sea por obra del duende o del viento, abrióse ésta de repente, y el soldadito se precipitó de cabeza, cayendo desde una altura de tres pisos Fue una caída terrible Quedó clavado de cabeza entre los adoquines, con la pierna estirada y la bayoneta hacia abajo

La criada y el chiquillo bajaron corriendo a buscarlo; mas, a pesar de que casi lo pisaron, no pudieron encontrarlo Si el soldado hubiese gritado: «¡Estoy aquí!», indudablemente habrían dado con él, pero le pareció indecoroso gritar, yendo de uniforme

He aquí que comenzó a llover; las gotas caían cada vez más espesas, hasta convertirse

en un verdadero aguacero Cuando aclaró, pasaron por allí dos mozalbetes callejeros

- ¡Mira! -exclamó uno- ¡Un soldado de plomo! ¡Vamos a hacerle navegar! Con un papel de periódico hicieron un barquito, y, embarcando en él al soldado, lo pusieron en

el arroyo; el barquichuelo fue arrastrado por la corriente, y los chiquillos seguían detrás

de él dando palmadas de contento ¡Dios nos proteja! ¡y qué olas, y qué corriente! No podía ser de otro modo, con el diluvio que había caído El bote de papel no cesaba de tropezar y tambalearse, girando a veces tan bruscamente, que el soldado por poco se marea; sin embargo, continuaba impertérrito, sin pestañear, mirando siempre de frente y siempre arma al hombro

De pronto, el bote entró bajo un puente del arroyo; aquello estaba oscuro como en su caja

- «¿Dónde iré a parar? -pensaba- De todo esto tiene la culpa el duende ¡Ay, si al menos aquella muchachita estuviese conmigo en el bote! ¡Poco me importaría esta oscuridad!»

De repente salió una gran rata de agua que vivía debajo el puente

- ¡Alto! -gritó- ¡A ver, tu pasaporte!

Pero el soldado de plomo no respondió; únicamente oprimió con más fuerza el fusil

Trang 11

La barquilla siguió su camino, y la rata tras ella ¡Uf! ¡Cómo rechinaba los dientes y gritaba a las virutas y las pajas:

- ¡Detenedlo, detenedlo! ¡No ha pagado peaje! ¡No ha mostrado el pasaporte!

La corriente se volvía cada vez más impetuosa El soldado veía ya la luz del sol al extremo del túnel Pero entonces percibió un estruendo capaz de infundir terror al más valiente Imaginad que, en el punto donde terminaba el puente, el arroyo se precipitaba

en un gran canal Para él, aquello resultaba tan peligroso como lo sería para nosotros el caer por una alta catarata

Estaba ya tan cerca de ella, que era imposible evitarla El barquito salió disparado, pero nuestro pobre soldadito seguía tan firme como le era posible ¡Nadie podía decir que había pestañeado siquiera! La barquita describió dos o tres vueltas sobre sí misma con

un ruido sordo, inundándose hasta el borde; iba a zozobrar Al soldado le llegaba el agua al cuello La barca se hundía por momentos, y el papel se deshacía; el agua cubría

ya la cabeza del soldado, que, en aquel momento supremo, acordóse de la linda bailarina, cuyo rostro nunca volvería a contemplar Parecióle que le decían al oído:

«¡Adiós, adiós, guerrero! ¡Tienes que sufrir la muerte!»

Desgarróse entonces el papel, y el soldado se fue al fondo, pero

en el mismo momento se lo tragó un gran pez

¡Allí sí se estaba oscuro! Peor aún que bajo el puente del arroyo; y, además, ¡tan estrecho! Pero el soldado seguía firme, tendido cuán largo era, sin soltar el fusil

El pez continuó sus evoluciones y horribles movimientos, hasta que, por fin, se quedó quieto, y en su interior penetró un rayo de luz Hizose una gran claridad, y alguien exclamó: -¡El soldado de plomo!- El pez había sido pescado, llevado al mercado y vendido; y, ahora estaba en la cocina, donde la cocinera lo abría con un gran cuchillo Cogiendo por el cuerpo con dos dedos el soldadito, lo llevó a la sala, pues todos querían ver aquel personaje extraño salido del estómago del pez; pero el soldado de plomo no se sentía nada orgulloso Pusiéronlo de pie sobre la mesa y - ¡qué cosas más raras ocurren

a veces en el mundo! - encontróse en el mismo cuarto de antes, con los mismos niños y los mismos juguetes sobre la mesa, sin que faltase el soberbio palacio y la linda bailarina, siempre sosteniéndose sobre la punta del pie y con la otra pierna al aire Aquello conmovió a nuestro soldado, y estuvo a punto de llorar lágrimas de plomo Pero habría sido poco digno de él La miró sin decir palabra

En éstas, uno de los chiquillos, cogiendo al soldado, lo tiró a la chimenea, sin motivo alguno; seguramente la culpa la tuvo el duende de la tabaquera

El soldado de plomo quedó todo iluminado y sintió un calor espantoso, aunque no sabía

si era debido al fuego o al amor Sus colores se habían borrado también, a consecuencia del viaje o por la pena que sentía; nadie habría podido decirlo Miró de nuevo a la muchacha, encontráronse las miradas de los dos, y él sintió que se derretía, pero siguió firme, arma al hombro Abrióse la puerta, y una ráfaga de viento se llevó a la bailarina, que, cual una sílfide, se levantó volando para posarse también en la chimenea, junto al soldado; se inflamó y desapareció en un instante A su vez, el soldadito se fundió, quedando reducido a una pequeña masa informe Cuando, al día siguiente, la criada sacó las cenizas de la estufa, no quedaba de él más que un trocito de plomo en forma de corazón; de la bailarina, en cambio, había quedado la estrella de oropel, carbonizada y negra

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Cinco en una vaina

Cinco guisantes estaban encerrados en una vaina, y como ellos eran verdes y la vaina era verde también, creían que el mundo entero era verde, y tenían toda la razón Creció

la vaina y crecieron los guisantes; para aprovechar mejor el espacio, se pusieron en fila Por fuera lucía el sol y calentaba la vaina, mientras la lluvia la limpiaba y volvía transparente El interior era tibio y confortable, había claridad de día y oscuridad de noche, tal y como debe ser; y los guisantes, en la vaina, iban creciendo y se entregaban a sus reflexiones, pues en algo debían ocuparse

- ¿Nos pasaremos toda la vida metidos aquí? -decían- ¡Con tal de que no nos endurezcamos a fuerza de encierro! Me da la impresión de que hay más cosas allá fuera;

es como un presentimiento

Y fueron transcurriendo las semanas; los guisantes se volvieron amarillos, y la vaina, también

- ¡El mundo entero se ha vuelto amarillo! -exclamaron; y podían afirmarlo sin reservas

Un día sintieron un tirón en la vaina; había sido arrancada por las manos de alguien, y, junto con otras, vino a encontrarse en el bolsillo de una chaqueta

- Pronto nos abrirán -dijeron los guisantes, afanosos de que llegara el ansiado momento

- Me gustaría saber quién de nosotros llegará más lejos -dijo el menor de los cinco- No tardaremos en saberlo

- Será lo que haya de ser -contestó el mayor

¡Zas!, estalló la vaina y los cinco guisantes salieron rodando a la luz del sol Estaban en una mano infantil; un chiquillo los sujetaba fuertemente, y decía que estaban como hechos a medida para su cerbatana Y metiendo uno en ella, sopló

- ¡Heme aquí volando por el vasto mundo! ¡Alcánzame, si puedes! -y salió disparado

- Yo me voy directo al Sol -dijo el segundo- Es una vaina como Dios manda, y que me irá muy bien- Y allá se fue

- Cuando lleguemos a nuestro destino podremos descansar un rato -dijeron los dos siguientes-, pero nos queda aún un buen trecho para rodar-, y, en efecto, rodaron por el suelo antes de ir a parar a la cerbatana, pero al fin dieron en ella- ¡Llegaremos más lejos que todos!

- ¡Será lo que haya de ser! - dijo el último al sentirse proyectado a las alturas Fue a dar contra la vieja tabla, bajo la ventana de la buhardilla, justamente en una grieta llena de musgo y mullida tierra, y el musgo lo envolvió amorosamente Y allí se quedó el guisante oculto, pero no olvidado de Dios

- ¡Será lo que haya de ser! - repitió

Vivía en la buhardilla una pobre mujer que se ausentaba durante la jornada para dedicarse a limpiar estufas, aserrar madera y efectuar otros trabajos pesados, pues no le faltaban fuerzas ni ánimos, a pesar de lo cual seguía en la pobreza En la reducida habitación quedaba sólo su única hija, mocita delicada y linda que llevaba un año en cama, luchando entre la vida y la muerte

- ¡Se irá con su hermanita! -suspiraba la mujer- Tuve dos hijas, y muy duro me fue cuidar de las dos, hasta que el buen Dios quiso compartir el trabajo conmigo y se me llevó una Bien quisiera yo ahora que me dejase la que me queda, pero seguramente a Él

no le parece bien que estén separadas, y se llevará a ésta al cielo, con su hermana

Pero la doliente muchachita no se moría; se pasaba todo el santo día resignada y quieta, mientras su madre estaba fuera, a ganar el pan de las dos

Llegó la primavera; una mañana, temprano aún, cuando la madre se disponía a marcharse a la faena, el sol entró piadoso a la habitación por la ventanuca y se extendió por el suelo, y la niña enferma dirigió la mirada al cristal inferior

- ¿Qué es aquello verde que asoma junto al cristal y que mueve el viento?

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La madre se acercó a la ventana y la entreabrió

- ¡Mira! -dijo-, es una planta de guisante que ha brotado aquí con sus hojitas verdes

¿Cómo llegaría a esta rendija? Pues tendrás un jardincito en que recrear los ojos

Acercó la camita de la enferma a la ventana, para que la niña pudiese contemplar la tierna planta, y la madre se marchó al trabajo

- ¡Madre, creo que me repondré! -exclamó la chiquilla al atardecer- ¡El sol me ha calentado tan bien, hoy! El guisante crece a las mil maravillas, y también yo saldré adelante y me repondré al calor del sol

- ¡Dios lo quiera! -suspiró la madre, que abrigaba muy pocas esperanzas Sin embargo, puso un palito al lado de la tierna planta que tan buen ánimo había infundido a su hija, para evitar que el viento la estropease Sujetó en la tabla inferior un bramante, y lo ató

en lo alto del marco de la ventana, con objeto de que la planta tuviese un punto de apoyo donde enroscar sus zarcillos a medida que se encaramase Y, en efecto, se veía crecer día tras día

- ¡Dios mío, hasta flores echa! -exclamó la madre una mañana y entróle entonces la esperanza y la creencia de que su niña enferma se repondría Recordó que en aquellos últimos tiempos la pequeña había hablado con mayor animación; que desde hacía varias mañanas se había sentado sola en la cama, y, en aquella posición, se había pasado horas contemplando con ojos radiantes el jardincito formado por una única planta de guisante

La semana siguiente la enferma se levantó por primera vez una hora, y se estuvo, feliz, sentada al sol, con la ventana abierta; y fuera se había abierto también una flor de guisante, blanca y roja La chiquilla, inclinando la cabeza, besó amorosamente los delicados pétalos Fue un día de fiesta para ella

- ¡Dios misericordioso la plantó y la hizo crecer para darte esperanza y alegría, hijita! - dijo la madre, radiante, sonriendo a la flor como si fuese un ángel bueno, enviado por Dios

Pero, ¿y los otros guisantes? Pues verás: Aquel que salió volando por el amplio mundo, diciendo: «¡Alcánzame si puedes!», cayó en el canalón del tejado y fue a parar al buche

de una paloma, donde encontróse como Jonás en el vientre de la ballena Los dos perezosos tuvieron la misma suerte; fueron también pasto de las palomas, con lo cual no dejaron de dar un cierto rendimiento positivo En cuanto al cuarto, el que pretendía volar hasta el Sol, fue a caer al vertedero, y allí estuvo días y semanas en el agua sucia, donde se hinchó horriblemente

- ¡Cómo engordo! -exclamaba satisfecho- Acabaré por reventar, que es todo lo que puede hacer un guisante Soy el más notable de los cinco que crecimos en la misma vaina

Y el vertedero dio su beneplácito a aquella opinión

Mientras tanto, allá, en la ventana de la buhardilla, la muchachita, con los ojos radiantes

y el brillo de la salud en las mejillas, juntaba sus hermosas manos sobre la flor del guisante y daba gracias a Dios

- El mejor guisante es el mío -seguía diciendo el vertedero

La niña de los fósforos

¡Qué frío hacía!; nevaba y comenzaba a oscurecer; era la última noche del año, la noche

de San Silvestre Bajo aquel frío y en aquella oscuridad, pasaba por la calle una pobre niña, descalza y con la cabeza descubierta Verdad es que al salir de su casa llevaba zapatillas, pero, ¡de qué le sirvieron! Eran unas zapatillas que su madre había llevado últimamente, y a la pequeña le venían tan grandes, que las perdió al cruzar corriendo la

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calle para librarse de dos coches que venían a toda velocidad Una de las zapatillas no hubo medio de encontrarla, y la otra se la había puesto un mozalbete, que dijo que la haría servir de cuna el día que tuviese hijos

Y así la pobrecilla andaba descalza con los desnudos piececitos completamente amoratados por el frío En un viejo delantal llevaba un puñado de fósforos, y un paquete

en una mano En todo el santo día nadie le había comprado nada, ni le había dado un mísero chelín; volvíase a su casa hambrienta y medio helada, ¡y parecía tan abatida, la pobrecilla! Los copos de nieve caían sobre su largo cabello rubio, cuyos hermosos rizos

le cubrían el cuello; pero no estaba ella para presumir

En un ángulo que formaban dos casas -una más saliente que la otra-, se sentó en el suelo

y se acurrucó hecha un ovillo Encogía los piececitos todo lo posible, pero el frío la iba invadiendo, y, por otra parte, no se atrevía a volver a casa, pues no había vendido ni un fósforo, ni recogido un triste céntimo Su padre le pegaría, además de que en casa hacía frío también; sólo los cobijaba el tejado, y el viento entraba por todas partes, pese a la paja y los trapos con que habían procurado tapar las rendijas Tenía las manitas casi ateridas de frío ¡Ay, un fósforo la aliviaría seguramente! ¡Si se atreviese a sacar uno solo del manojo, frotarlo contra la pared y calentarse los dedos! Y sacó uno: «¡ritch!»

¡Cómo chispeó y cómo quemaba! Dio una llama clara, cálida, como una lucecita, cuando la resguardó con la mano; una luz maravillosa Parecióle a la pequeñuela que estaba sentada junto a una gran estufa de hierro, con pies y campana de latón; el fuego ardía magníficamente en su interior, ¡y calentaba tan bien! La niña alargó los pies para calentárselos a su vez, pero se extinguió la llama, se esfumó la estufa, y ella se quedó sentada, con el resto de la consumida cerilla en la mano

Encendió otra, que, al arder y proyectar su luz sobre la pared, volvió a ésta transparente como si fuese de gasa, y la niña pudo ver el interior de una habitación donde estaba la mesa puesta, cubierta con un blanquísimo mantel y fina porcelana Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas Y lo mejor del caso fue que el pato saltó fuera de la fuente y, anadeando por el suelo con un tenedor y un cuchillo a la espalda, se dirigió hacia la pobre muchachita Pero en aquel momento se apagó el fósforo, dejando visible tan sólo la gruesa y fría pared

Encendió la niña una tercera cerilla, y se encontró sentada debajo de un hermosísimo árbol de Navidad Era aún más alto y más bonito que el que viera la última Nochebuena,

a través de la puerta de cristales, en casa del rico comerciante Millares de velitas, ardían

en las ramas verdes, y de éstas colgaban pintadas estampas, semejantes a las que adornaban los escaparates La pequeña levantó los dos bracitos y entonces se apagó el fósforo Todas las lucecitas se remontaron a lo alto, y ella se dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas del cielo; una de ellas se desprendió y trazó en el firmamento una larga estela de fuego

«Alguien se está muriendo» -pensó la niña, pues su abuela, la única persona que la había querido, pero que estaba muerta ya, le había dicho: -Cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia Dios

Frotó una nueva cerilla contra la pared; se iluminó el espacio inmediato, y apareció la anciana abuelita, radiante, dulce y cariñosa

- ¡Abuelita! -exclamó la pequeña- ¡Llévame, contigo! Sé que te irás también cuando se apague el fósforo, del mismo modo que se fueron la estufa, el asado y el árbol de Navidad Apresuróse a encender los fósforos que le quedaban, afanosa de no perder a su abuela; y los fósforos brillaron con luz más clara que la del pleno día Nunca la abuelita había sido tan alta y tan hermosa; tomó a la niña en el brazo y, envueltas las dos en un gran resplandor, henchidas de gozo, emprendieron el vuelo hacia las alturas, sin que la

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pequeña sintiera ya frío, hambre ni miedo Estaban en la mansión de Dios Nuestro Señor

Pero en el ángulo de la casa, la fría madrugada descubrió a la chiquilla, rojas las mejillas, y la boca sonriente Muerta, muerta de frío en la última noche del Año Viejo

La primera mañana del Nuevo Año iluminó el pequeño cadáver, sentado, con sus fósforos, un paquetito de los cuales aparecía consumido casi del todo «¡Quiso calentarse!», dijo la gente Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni el esplendor con que, en compañía de su anciana abuelita, había subido a la gloria del Año Nuevo

Los vestidos nuevos del emperador

Hace de esto muchos años, había un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos, que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia No se interesaba por sus soldados ni por el teatro, ni le gustaba salir de paseo por el campo, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey: "Está en el Consejo", de nuestro hombre se decía:

"El Emperador está en el vestuario" La ciudad en que vivía el Emperador era muy alegre y bulliciosa Todos los días llegaban a ella muchísimos extranjeros, y una vez se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas No solamente los colores y los dibujos eran hermosísimos, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida

- ¡Deben ser vestidos magníficos! -pensó el Emperador- Si los tuviese, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos Nada, que se pongan enseguida a tejer la tela- Y mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto en metálico, para que pusieran manos a la obra cuanto antes

Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero no tenían nada en la máquina

A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, que se embolsaron bonitamente, mientras seguían haciendo como que trabajaban en los telares vacíos hasta muy entrada la noche

«Me gustaría saber si avanzan con la tela»-, pensó el Emperador Pero habla una cuestión que lo tenía un tanto cohibido, a saber, que un hombre que fuera estúpido o inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban impacientes por ver hasta qué punto su vecino era estúpido o incapaz

«Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores -pensó el Emperador- Es un hombre honrado y el más indicado para juzgar de las cualidades de la tela, pues tiene talento, y no hay quien desempeñe el cargo como él»

El viejo y digno ministro se presentó, pues, en la sala ocupada por los dos embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos «¡Dios nos ampare! -pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas- ¡Pero si no veo nada!» Sin embargo, no soltó palabra

Los dos fulleros le rogaron que se acercase le preguntaron si no encontraba magníficos

el color y el dibujo Le señalaban el telar vacío, y el pobre hombre seguía con los ojos

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desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había «¡Dios santo! -pensó- ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela»

- ¿Qué? ¿No dice Vuecencia nada del tejido? -preguntó uno de los tejedores

- ¡Oh, precioso, maravilloso! -respondió el viejo ministro mirando a través de los ¡Qué dibujo y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha gustado extraordinariamente

lentes Nos da una buena alegría lentes respondieron los dos tejedores, dándole los nombres de los colores y describiéndole el raro dibujo El viejo tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo

Los estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo Todo fue a parar a su bolsillo, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en las máquinas vacías

Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el estado de la tela e informarse de si quedaría pronto lista Al segundo le ocurrió lo que al primero; miró y miró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver

- ¿Verdad que es una tela bonita? -preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo que no existía

«Yo no soy tonto -pensó el hombre-, y el empleo que tengo no lo suelto Sería muy fastidioso Es preciso que nadie se dé cuenta» Y se deshizo en alabanzas de la tela que

no veía, y ponderó su entusiasmo por aquellos hermosos colores y aquel soberbio dibujo

- ¡Es digno de admiración! -dijo al Emperador

Todos los moradores de la capital hablaban de la magnífica tela, tanto, que el Emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar Seguido

de una multitud de personajes escogidos, entre los cuales figuraban los dos probos funcionarios de marras, se

encaminó a la casa donde paraban los pícaros, los cuales continuaban tejiendo con todas sus fuerzas, aunque sin hebras ni hilados

- ¿Verdad que es admirable? -preguntaron los dos honrados dignatarios- Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos - y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían la tela

«¡Cómo! -pensó el Emperador- ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tonto? ¿Acaso

no sirvo para emperador? Sería espantoso»

- ¡Oh, sí, es muy bonita! -dijo- Me gusta, la apruebo- Y con un gesto de agrado miraba

el telar vacío; no quería confesar que no veía nada Todos los componentes de su séquito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada en limpio; no obstante, todo era exclamar, como el Emperador: - ¡oh, qué bonito! -, y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela, en la procesión que debía celebrarse próximamente - ¡Es preciosa, elegantísima, estupenda! - corría de boca en boca, y todo

el mundo parecía extasiado con ella El Emperador concedió una condecoración a cada uno de los dos bellacos para que se la prendieran en el ojal, y los nombró tejedores imperiales

Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores estuvieron levantados, con dieciséis lámparas encendidas, para que la gente viese que trabajaban activamente en la confección de los nuevos vestidos del Soberano Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hebra; finalmente, dijeron: - ¡Por fin, el vestido está listo!

Llegó el Emperador en compañía de sus caballeros principales, y los

dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:

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- Esto son los pantalones Ahí está la casaca - Aquí tenéis el manto Las prendas son ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo, mas precisamente esto es lo bueno de la tela

- ¡Sí! - asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no veían nada, pues nada había

- ¿Quiere dignarse Vuestra Majestad quitarse el traje que lleva -dijeron los dos bribones- para que podamos vestiros el nuevo delante del espejo?

Quitóse el Emperador sus prendas, y los dos simularon ponerle las diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes Y cogiendo al Emperador por la cintura, hicieron como si le atasen algo, la cola seguramente; y el Monarca todo era dar vueltas ante el espejo

- ¡Dios, y qué bien le sienta, le va estupendamente! -exclamaban todos- ¡Vaya dibujo y vaya colores! ¡Es un traje precioso! - El palio bajo el cual irá Vuestra Majestad durante

la procesión, aguarda ya en la calle - anunció el maestro de Ceremonias

- Muy bien, estoy a punto -dijo el Emperador- ¿Verdad que me sienta bien? - y volvióse una vez más de cara al espejo, para que todos creyeran que veía el vestido Los ayudas de cámara encargados de sostener la cola bajaron las manos al suelo como para levantarla, y avanzaron con ademán de sostener algo en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada Y de este modo echó a andar el Emperador bajo

el magnífico palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas, decían:

- ¡Qué preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué hermoso es todo!- Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido Ningún traje del Monarca había tenido tanto éxito como aquél

¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño - ¡Dios bendito, escuchad la voz de

la inocencia! - dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa

de decir el pequeño

- ¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!

- ¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero

Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó:

«Hay que aguantar hasta el fin» Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola

Pulgarcita

Érase una mujer que anhelaba tener un niño, pero no sabía dónde irlo a buscar Al fin se decidió a acudir a una vieja bruja y le dijo:

- Me gustaría mucho tener un niño; dime cómo lo he de hacer

- Sí, será muy fácil -respondió la bruja- Ahí tienes un grano de cebada; no es como la que crece en el campo del labriego, ni la que comen los pollos Plántalo en una maceta y verás maravillas

- Muchas gracias -dijo la mujer; dio doce sueldos a la vieja y se volvió a casa; sembró el grano de cebada, y brotó enseguida una flor grande y espléndida, parecida a un tulipán, sólo que tenía los pétalos apretadamente cerrados, cual si fuese todavía un capullo

- ¡Qué flor tan bonita! -exclamó la mujer, y besó aquellos pétalos rojos y amarillos; y en

el mismo momento en que los tocaron sus labios, abrióse la flor con un chasquido Era

en efecto, un tulipán, a juzgar por su aspecto, pero en el centro del cáliz, sentada sobre los verdes estambres, veíase una niña pequeñísima, linda y gentil, no más larga que un dedo pulgar; por eso la llamaron Pulgarcita

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Le dio por cuna una preciosa cáscara de nuez, muy bien barnizada; azules hojuelas de violeta fueron su colchón, y un pétalo de rosa, el cubrecama Allí dormía de noche, y de día jugaba sobre la mesa, en la cual la mujer había puesto un plato ceñido con una gran corona de flores, cuyos peciolos estaban sumergidos en agua; una hoja de tulipán flotaba a modo de barquilla, en la que Pulgarcita podía navegar de un borde al otro del plato, usando como remos dos blancas crines de caballo Era una maravilla Y sabía cantar, además, con voz tan dulce y delicada como jamás se haya oído

Una noche, mientras la pequeñuela dormía en su camita, presentóse un sapo, que saltó por un cristal roto de la ventana Era feo, gordote y viscoso; y vino a saltar sobre la mesa donde Pulgarcita dormía bajo su rojo pétalo de rosa

«¡Sería una bonita mujer para mi hijo!», dijose el sapo, y, cargando con la cáscara de nuez en que dormía la niña, saltó al jardín por el mismo cristal roto

Cruzaba el jardín un arroyo, ancho y de orillas pantanosas; un verdadero cenagal, y allí vivía el sapo con su hijo ¡Uf!, ¡y qué feo y asqueroso era el bicho! ¡igual que su padre!

«Croak, croak, brekkerekekex! », fue todo lo que supo decir cuando vio a la niñita en la cáscara de nuez

- Habla más quedo, no vayas a despertarla -le advirtió el viejo sapo- Aún se nos podría escapar, pues es ligera como un plumón de cisne La pondremos sobre un pétalo de nenúfar en medio del arroyo; allí estará como en una isla, ligera y menudita como es, y

no podrá huir mientras nosotros arreglamos la sala que ha de ser vuestra habitación debajo del cenagal

Crecían en medio del río muchos nenúfares, de anchas hojas verdes, que parecían nadar

en la superficie del agua; el más grande de todos era también el más alejado, y éste eligió el viejo sapo para depositar encima la cáscara de nuez con Pulgarcita

Cuando se hizo de día despertó la pequeña, y al ver donde se encontraba prorrumpió a llorar amargamente, pues por todas partes el agua rodeaba la gran hoja verde y no había modo de ganar tierra firme

Mientras tanto, el viejo sapo, allá en el fondo del pantano, arreglaba su habitación con juncos y flores amarillas; había que adornarla muy bien para la nuera Cuando hubo terminado nadó con su feo hijo hacia la hoja en que se hallaba Pulgarcita Querían trasladar su lindo lecho a la cámara nupcial, antes de que la novia entrara en ella El viejo sapo, inclinándose profundamente en el agua, dijo:

- Aquí te presento a mi hijo; será tu marido, y viviréis muy felices en el cenagal

- ¡Coax, coax, brekkerekekex! -fue todo lo que supo añadir el hijo Cogieron la graciosa camita y echaron a nadar con ella; Pulgarcita se quedó sola en la hoja, llorando, pues no podía avenirse a vivir con aquel repugnante sapo ni a aceptar por marido a su hijo, tan feo

Los pececillos que nadaban por allí habían visto al sapo y oído sus palabras, y asomaban las cabezas, llenos de curiosidad por conocer a la pequeña Al verla tan hermosa, les dio lástima y les dolió que hubiese de vivir entre el lodo, en compañía del horrible sapo ¡Había que impedirlo a toda costal Se reunieron todos en el agua, alrededor del verde tallo que sostenía la hoja, lo cortaron con los dientes y la hoja salió flotando río abajo, llevándose a Pulgarcita fuera del alcance del sapo

En su barquilla, Pulgarcita pasó por delante de muchas ciudades, y los pajaritos, al verla desde sus zarzas, cantaban: «¡Qué niña más preciosa!» Y la hoja seguía su rumbo sin detenerse, y así salió Pulgarcita de las fronteras del país

Una bonita mariposa blanca, que andaba revoloteando por aquellos contornos, vino a pararse sobre la hoja, pues le había gustado Pulgarcita Ésta se sentía ahora muy contenta, libre ya del sapo; por otra parte, ¡era tan bello el paisaje! El sol enviaba sus rayos al río, cuyas aguas refulgían como oro purísimo La niña se desató el cinturón, ató

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un extremo en torno a la mariposa y el otro a la hoja; y así la barquilla avanzaba mucho más rápida

Más he aquí que pasó volando un gran abejorro, y, al verla, rodeó con sus garras su esbelto cuerpecito y fue a depositarlo en un árbol, mientras la hoja de nenúfar seguía flotando a merced de la corriente, remolcada por la mariposa, que no podía soltarse

¡Qué susto el de la pobre Pulgarcita, cuando el abejorro se la llevó volando hacia el árbol! Lo que más la apenaba era la linda mariposa blanca atada al pétalo, pues si no lograba soltarse moriría de hambre Al abejorro, en cambio, le tenía aquello sin cuidado Posóse con su carga en la hoja más grande y verde del árbol, regaló a la niña con el dulce néctar de las flores y le dijo que era muy bonita, aunque en nada se parecía a un abejorro Más tarde llegaron los demás compañeros que habitaban en el árbol; todos querían verla Y la estuvieron contemplando, y las damitas abejorras exclamaron, arrugando las antenas:

Pulgarcita

Continuación

- ¡Sólo tiene dos piernas; qué miseria!- ¡No tiene antenas! -observó otra- ¡Qué talla más delgada, parece un hombre! ¡Uf, que fea! -decían todas las abejorras

Y, sin embargo, Pulgarcita era lindísima Así lo pensaba también

el abejorro que la había raptado; pero viendo que todos los demás

decían que era fea, acabó por creérselo y ya no la quiso Podía marcharse adonde le apeteciera La bajó, pues, al pie del árbol, y la depositó sobre una margarita La pobre se quedó llorando, pues era tan

fea que ni los abejorros querían saber nada de ella Y la verdad es que no se ha visto cosa más bonita, exquisita y límpida, tanto como el más bello pétalo de rosa

Todo el verano se pasó la pobre Pulgarcita completamente sola en el inmenso bosque Trenzóse una cama con tallos de hierbas, que suspendió de una hoja de acedera, para resguardarse de la lluvia; para comer recogía néctar de las flores y bebía del rocío que todas las mañanas se depositaba en las hojas Así transcurrieron el verano y el otoño; pero luego vino el invierno, el frío y largo invierno Los pájaros, que tan armoniosamente habían cantado, se marcharon; los árboles y las flores se secaron; la hoja de acedera que le había servido de cobijo se arrugó y contrajo, y sólo quedó un tallo amarillo y marchito Pulgarcita pasaba un frío horrible, pues tenía todos los vestidos rotos; estaba condenada a helarse, frágil y pequeña como era Comenzó a nevar, y cada copo de nieve que le caía encima era como si a nosotros nos echaran toda una palada, pues nosotros somos grandes, y ella apenas medía una pulgada Envolvióse

en una hoja seca, pero no conseguía entrar en calor; tiritaba de frío

Junto al bosque extendíase un gran campo de trigo; lo habían segado hacía tiempo, y sólo asomaban de la tierra helada los rastrojos desnudos y secos Para la pequeña era como un nuevo bosque, por el que se adentró, y ¡cómo tiritaba! Llegó frente a la puerta del ratón de campo, que tenía un agujerito debajo de los rastrojos Allí vivía el ratón, bien calentito y confortable, con una habitación llena de grano, una magnífica cocina y

un comedor La pobre Pulgarcita llamó a la puerta como una pordiosera y pidió un trocito de grano de cebada, pues llevaba dos días sin probar bocado

-¡Pobre pequeña! -exclamó el ratón, que era ya viejo, y bueno en el fondo-, entra en mi casa, que está bien caldeada y comerás conmigo- Y como le fuese simpática Pulgarcita,

le dijo: - Puedes pasar el invierno aquí, si quieres cuidar de la limpieza de mi casa, y me explicas cuentos, que me gustan mucho

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Pulgarcita hizo lo que el viejo ratón le pedía y lo pasó la mar de bien

- Hoy tendremos visita -dijo un día el ratón- Mi vecino suele venir todas las semanas a verme Es aún más rico que yo; tiene grandes salones y lleva una hermosa casaca de terciopelo negro Si lo quisieras por marido nada te faltaría Sólo que es ciego; habrás de explicarle las historias más bonitas que sepas

Pero a Pulgarcita le interesaba muy poco el vecino, pues era un topo

Éste vino, en efecto, de visita, con su negra casaca de terciopelo Era rico e instruido, dijo el ratón de campo; tenía una casa veinte veces mayor que la suya Ciencia poseía mucha, mas no podía sufrir el sol ni las bellas flores, de las que hablaba con desprecio, pues no, las había visto nunca

Pulgarcita hubo de cantar, y entonó «El abejorro echó a volar» y «El fraile descalzo va campo a través» El topo se enamoró de la niña por su hermosa voz, pero nada dijo, pues era circunspecto

Poco antes había excavado una larga galería subterránea desde su casa a la del vecino e invitó al ratón y a Pulgarcita a pasear por ella siempre que les viniese en gana Advirtióles que no debían asustarse del pájaro muerto que yacía en el corredor; era un pájaro entero, con plumas y pico, que seguramente había fallecido poco antes y estaba enterrado justamente en el lugar donde habla abierto su galería

El topo cogió con la boca un pedazo de madera podrida, pues en la oscuridad reluce como fuego, y, tomando la delantera, les alumbró por el largo y oscuro pasillo Al llegar

al sitio donde yacía el pájaro muerto, el topo apretó el ancho hocico contra el techo y, empujando la tierra, abrió un orificio para que entrara luz En el suelo había una golondrina muerta, las hermosas alas comprimidas contra el cuerpo, las patas y la cabeza encogidas bajo el ala La infeliz avecilla había muerto de frío A Pulgarcita se le encogió el corazón, pues quería mucho a los pajarillos, que durante todo el verano habían estado cantando y gorjeando a su alrededor Pero el topo, con su corta pata, dio

un empujón a la golondrina y dijo:

- Ésta ya no volverá a chillar ¡Qué pena, nacer pájaro! A Dios gracias, ninguno de mis hijos lo será ¿Qué tienen estos desgraciados, fuera de su quivit, quivit? ¡Vaya hambre

la que pasan en invierno!

- Habláis como un hombre sensato -asintió el ratón- ¿De qué le sirve al pájaro su canto cuando llega el invierno? Para morir de hambre y de frío, ésta es la verdad; pero hay quien lo considera una gran cosa

Pulgarcita no dijo esta boca es mía, pero cuando los otros dos hubieron vuelto la espalda, se inclinó sobre la golondrina y, apartando las plumas que le cubrían la cabeza, besó sus ojos cerrados

«¡Quién sabe si es aquélla que tan alegremente cantaba en verano!», pensó «¡Cuántos buenos ratos te debo, mi pobre pajarillo!»

El topo volvió, a tapar el agujero por el que entraba la luz del día y acompañó a casa a sus vecinos Aquella noche Pulgarcita no pudo pegar un ojo; saltó, pues, de la cama y trenzó con heno una grande y bonita manta, que fue a extender sobre el avecilla muerta; luego la arropó bien, con blanco algodón que encontró en el cuarto de la rata, para que

no tuviera frío en la dura tierra

- ¡Adiós, mi pajarito! -dijo- Adiós y gracias por las canciones con que me alegrabas en verano, cuando todos los árboles estaban verdes y el sol nos calentaba con sus rayos Aplicó entonces la cabeza contra el pecho del pájaro y tuvo un estremecimiento; parecióle como si algo latiera en él Y, en efecto, era el corazón, pues la golondrina no estaba muerta, y sí sólo entumecida El calor la volvía a la vida

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En otoño, todas las golondrinas se marchan a otras tierras más cálidas; pero si alguna se retrasa, se enfría y cae como muerta Allí se queda en el lugar donde ha caído, y la helada nieve la cubre

Pulgarcita estaba toda temblorosa del susto, pues el pájaro era enorme en comparación con ella, que no medía sino una pulgada Pero cobró ánimos, puso más algodón alrededor de la golondrina, corrió a buscar una hoja de menta que le servía de cubrecama, y la extendió sobre la cabeza del ave

A la noche siguiente volvió a verla y la encontró viva, pero extenuada; sólo tuvo fuerzas para abrir los ojos y mirar a Pulgarcita, quien, sosteniendo en la mano un trocito de madera podrida a falta de linterna, la estaba contemplando

- ¡Gracias, mi linda pequeñuela! -murmuró la golondrina enferma- Ya he entrado en calor; pronto habré recobrado las fuerzas y podré salir de nuevo a volar bajo los rayos del sol

- ¡Ay! -respondió Pulgarcita-, hace mucho frío allá fuera; nieva y hiela Quédate en tu lecho calentito y yo te cuidaré

Le trajo agua en una hoja de flor para que bebiese Entonces la golondrina le contó que

se había lastimado un ala en una mata espinosa, y por eso no pudo seguir volando con la ligereza de sus compañeras, las cuales habían emigrado a las tierras cálidas Cayó al suelo, y ya no recordaba nada más, ni sabía cómo había ido a parar allí

El pájaro se quedó todo el invierno en el subterráneo, bajo los amorosos cuidados de Pulgarcita, sin que lo supieran el topo ni el ratón, pues ni uno ni otro podían sufrir a la golondrina

No bien llegó la primavera y el sol comenzó a calentar la tierra, la golondrina se despidió de Pulgarcita, la cual abrió el agujero que había hecho el topo en el techo de la galería Entró por él un hermoso rayo de sol, y la golondrina preguntó a la niñita si quería marcharse con ella; podría montarse sobre su espalda, y las dos se irían lejos, al verde bosque Mas Pulgarcita sabía que si abandonaba al ratón le causaría mucha pena

- No, no puedo -dijo

- ¡Entonces adiós, adiós, mi linda pequeña! -exclamó la golondrina, remontando el vuelo hacia la luz del sol Pulgarcita la miró partir, y las lágrimas le vinieron a los ojos; pues le había tomado mucho afecto

- ¡Quivit, quivit! -chilló la golondrina, emprendiendo el vuelo hacia el bosque Pulgarcita se quedó sumida en honda tristeza No le permitieron ya salir a tomar el sol

El trigo que habían sembrado en el campo de encima creció a su vez, convirtiéndose en

un verdadero bosque para la pobre criatura, que no medía más de una pulgada

- En verano tendrás que coserte tu ajuar de novia -le dijo un día el ratón Era el caso que

su vecino, el fastidioso topo de la negra pelliza, había pedido su mano- Necesitas ropas

de lana y de hilo; has de tener prendas de vestido y de cama, para cuando seas la mujer del topo

El patito feo

¡Qué hermosa estaba la campiña! Había llegado el verano: el trigo estaba amarillo; la avena, verde; la hierba de los prados, cortada ya, quedaba recogida en los pajares, en cuyos tejados se paseaba la cigüeña, con sus largas patas rojas, hablando en egipcio, que era la lengua que le enseñara su madre Rodeaban los campos y prados grandes bosques,

y entre los bosques se escondían lagos profundos ¡Qué hermosa estaba la campiña! Bañada por el sol levantábase una mansión señorial, rodeada de hondos canales, y desde

el muro hasta el agua crecían grandes plantas trepadoras formando una bóveda tan alta que dentro de ella podía estar de pie un niño pequeño, mas por dentro estaba tan

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enmarañado, que parecía el interior de un bosque En medio de aquella maleza, una gansa, sentada en el nido, incubaba sus huevos Estaba ya impaciente, pues ¡tardaban tanto en salir los polluelos, y recibía tan pocas visitas!

Los demás patos preferían nadar por los canales, en vez de entrar a hacerle compañía y charlar un rato

Por fin empezaron a abrirse los huevos, uno tras otro «¡Pip, pip!», decían los pequeños; las yemas habían adquirido vida y los patitos asomaban la cabecita por la cáscara rota

- ¡cuac, cuac! - gritaban con todas sus fuerzas, mirando a todos lados por entre las verdes hojas La madre los dejaba, pues el verde es bueno para los ojos

- ¡Qué grande es el mundo! -exclamaron los polluelos, pues ahora tenían mucho más sitio que en el interior del huevo

- ¿Creéis que todo el mundo es esto? -dijo la madre- Pues andáis muy equivocados El mundo se extiende mucho más lejos, hasta el otro lado del jardín, y se mete en el campo del cura, aunque yo nunca he estado allí ¿Estáis todos? -prosiguió, incorporándose- Pues no, no los tengo todos; el huevo gordote no se ha abierto aún ¿Va a tardar mucho?

¡Ya estoy hasta la coronilla de tanto esperar!

- Bueno, ¿qué tal vamos? -preguntó una vieja gansa que venía de visita

- ¡Este huevo que no termina nunca! -respondió la clueca- No quiere salir Pero mira los demás patitos: ¿verdad que son lindos? Todos se parecen a su padre; y el sinvergüenza no viene a verme

- Déjame ver el huevo que no quiere romper -dijo la vieja- Creéme, esto es un huevo de pava; también a mi me engañaron una vez, y pasé muchas fatigas con los polluelos, pues le tienen miedo al agua No pude con él; me desgañité y lo puse verde, pero todo fue inútil A ver el huevo Sí, es un huevo de pava Déjalo y enseña a los otros a nadar

- Lo empollaré un poquitín más dijo la clueca- ¡Tanto tiempo he estado encima de él, que bien puedo esperar otro poco!

- ¡Cómo quieras! -contestó la otra, despidiéndose

Al fin se partió el huevo «¡Pip, pip!» hizo el polluelo, saliendo de la cáscara Era gordo

y feo; la gansa se quedó mirándolo:

- Es un pato enorme -dijo-; no se parece a ninguno de los otros; ¿será un pavo? Bueno, pronto lo sabremos; del agua no se escapa, aunque tenga que zambullirse a trompazos

El día siguiente amaneció espléndido; el sol bañaba las verdes hojas de la enramada La madre se fue con toda su prole al canal y, ¡plas!, se arrojó al agua «¡Cuac, cuac!» -gritaba, y un polluelo tras otro se fueron zambullendo también; el agua les cubrió la cabeza, pero enseguida volvieron a salir a flote y se pusieron a nadar tan lindamente Las patitas se movían por sí solas y todos chapoteaban, incluso el último polluelo gordote y feo

- Pues no es pavo -dijo la madre- ¡Fíjate cómo mueve las patas, y qué bien se sostiene!

Es hijo mío, no hay duda En el fondo, si bien se mira, no tiene nada de feo, al contrario

¡Cuac, cuac! Venid conmigo, os enseñaré el gran mundo, os presentaré a los patos del corral Pero no os alejéis de mi lado, no fuese que alguien os atropellase; y ¡mucho cuidado con el gato!

Y se encaminaron al corral de los patos, donde había un barullo espantoso, pues dos familias se disputaban una cabeza de anguila Y al fin fue el gato quien se quedó con ella

- ¿Veis? Así va el mundo -dijo la gansa madre, afilándose el pico, pues también ella hubiera querido pescar el botín- ¡Servíos de las patas! y a ver si os despabiláis Id a hacer una reverencia a aquel pato viejo de allí; es el más ilustre de todos los presentes;

es de raza española, por eso está tan gordo Ved la cinta colorada que lleva en la pata; es

la mayor distinción que puede otorgarse a un pato Es para que no se pierda y para que

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todos lo reconozcan, personas y animales ¡Ala, sacudiros! No metáis los pies para dentro Los patitos bien educados andan con las piernas esparrancadas, como papá y mamá ¡Así!, ¿veis? Ahora inclinad el cuello y decir: «¡cuac!»

Todos obedecieron, mientras los demás gansos del corral los miraban, diciendo en voz alta:

- ¡Vaya! sólo faltaban éstos; ¡como si no fuésemos ya bastantes! Y, ¡qué asco! Fijaos en aquel pollito: ¡a ése sí que no lo toleramos! - Y enseguida se adelantó un ganso y le propinó un picotazo en el pescuezo

- ¡Déjalo en paz! -exclamó la madre- No molesta a nadie

- Sí, pero es gordote y extraño -replicó el agresor-; habrá que sacudirlo

- Tiene usted unos hijos muy guapos, señora -dijo el viejo de la pata vendada- Lástima

de este gordote; ése sí que es un fracaso Me gustaría que pudiese retocarlo

- No puede ser, Señoría -dijo la madre- Cierto que no es hermoso, pero tiene buen corazón y nada tan bien como los demás; incluso diría que mejor Me figuro que al crecer se arreglará, y que con el tiempo perderá volumen Estuvo muchos días en el huevo, y por eso ha salido demasiado robusto - Y con el pico le pellizcó el pescuezo y

le alisó el plumaje - Además, es macho -prosiguió-, así que no importa gran cosa Estoy segura de que será fuerte y se despabilará

- Los demás polluelos son encantadores de veras -dijo el viejo- Considérese usted en casa; y si encuentra una cabeza de anguila, haga el favor de traérmela

Y de este modo tomaron posesión de la casa

El pobre patito feo no recibía sino picotazos y empujones, y era el blanco de las burlas

de todos, lo mismo de los gansos que de las gallinas «¡Qué ridículo!», se reían todos, y

el pavo, que por haber venido al mundo con espolones se creía el emperador, se henchía como un barco a toda vela y arremetía contra el patito, con la cabeza colorada de rabia

El pobre animalito nunca sabía dónde meterse; estaba muy triste por ser feo y porque era la chacota de todo el corral

Así transcurrió el primer día; pero en los sucesivos las cosas se pusieron aún peor Todos acosaban al patito; incluso sus hermanos lo trataban brutalmente, y no cesaban de gritar: - ¡Así te pescara el gato, bicho asqueroso!; y hasta la madre deseaba perderlo de vista Los patos lo picoteaban; las gallinas lo golpeaban, y la muchacha encargada de repartir el pienso lo apartaba a puntapiés

El patito feo

Continuación

Al fin huyó, saltando la cerca; los pajarillos de la maleza se echaron a volar, asustados

«¡Huyen porque soy feo!», dijo el pato, y, cerrando los ojos, siguió corriendo a ciegas Así llegó hasta el gran pantano, donde habitaban los patos salvajes; cansado y dolorido, pasó allí la noche

Por la mañana, los patos salvajes, al levantar el vuelo, vieron a su nuevo campañero: -

¿Quién eres? -le preguntaron, y el patito, volviéndose en todas direcciones, los saludó a todos lo mejor que supo

- ¡Eres un espantajo! -exclamaron los patos- Pero no nos importa, con tal que no te cases en nuestra familia - ¡El infeliz! Lo último que pensaba era en casarse, dábase por muy satisfecho con que le permitiesen echarse en el cañaveral y beber un poco de agua del pantano

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Así transcurrieron dos días, al cabo de los cuales se presentaron dos gansos salvajes, machos los dos, para ser más precisos No hacía mucho que habían salido del cascarón; por eso eran tan impertinentes

- Oye, compadre -le dijeron-, eres tan feo que te encontramos simpático ¿Quieres venirte con nosotros y emigrar? Cerca de aquí, en otro pantano, viven unas gansas salvajes muy amables, todas solteras, y saben decir «¡cuac!» A lo mejor tienes éxito, aun siendo tan feo

¡Pim, pam!, se oyeron dos estampidos: los dos machos cayeron muertos en el cañaveral,

y el agua se tiñó de sangre ¡Pim, pam!, volvió a retumbar, y grandes bandadas de gansos salvajes alzaron el vuelo de entre la maleza, mientras se repetían los disparos Era una gran cacería; los cazadores rodeaban el cañaveral, y algunos aparecían sentados

en las ramas de los árboles que lo dominaban; se formaban nubecillas azuladas por entre

el espesor del ramaje, cerniéndose por encima del agua, mientras los perros nadaban en

el pantano, ¡Plas, plas!, y juncos y cañas se inclinaban de todos lados ¡Qué susto para el pobre patito! Inclinó la cabeza para meterla bajo el ala, y en aquel mismo momento vio junto a sí un horrible perrazo con medio palmo de lengua fuera y una expresión atroz en los ojos Alargó el hocico hacia el patito, le enseñó los agudos dientes y, ¡plas, plas! se alejó sin cogerlo

- ¡Loado sea Dios! -suspiró el pato- ¡Soy tan feo que ni el perro quiso morderme!

Y se estuvo muy quietecito, mientras los perdigones silbaban por entre las cañas y seguían sonando los disparos

Hasta muy avanzado el día no se restableció la calma; mas el pobre seguía sin atreverse

a salir Esperó aún algunas horas: luego echó un vistazo a su alrededor y escapó del pantano a toda la velocidad que le permitieron sus patas Corrió a través de campos y prados, bajo una tempestad que le hacía muy difícil la huida

Al anochecer llegó a una pequeña choza de campesinos; estaba tan ruinosa, que no sabía

de qué lado caer, y por eso se sostenía en pie El viento soplaba con tal fuerza contra el patito, que éste tuvo que sentarse sobre la cola para afianzarse y no ser arrastrado La tormenta arreciaba más y más Al fin, observó que la puerta se había salido de uno de los goznes y dejaba espacio para colarse en el interior; y esto es lo que hizo

Vivía en la choza una vieja con su gato y su gallina El gato, al que llamaba «hijito», sabía arquear el lomo y ronronear, e incluso desprendía chispas si se le frotaba a contrapelo La gallina tenía las patas muy cortas, y por eso la vieja la llamaba «tortita paticorta»; pero era muy buena ponedora, y su dueña la quería como a una hija

Por la mañana se dieron cuenta de que había llegado un forastero, y el gato empezó a ronronear, y la gallina, a cloquear

- ¿Qué pasa? -dijo la vieja mirando a su alrededor Como no veía bien, creyó que era un ganso cebado que se habría extraviado- ¡No se cazan todos los días! -exclamó- Ahora tendré huevos de pato ¡Con tal que no sea un macho! Habrá que probarlo

Y puso al patito a prueba por espacio de tres semanas; pero no salieron huevos El gato era el mandamás de la casa, y la gallina, la señora, y los dos repetían continuamente: -

¡Nosotros y el mundo! - convencidos de que ellos eran la mitad del universo, y aún la mejor El patito pensaba que podía opinarse de otro modo, pero la gallina no le dejaba hablar

- ¿Sabes poner huevos? -le preguntó

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- Entonces no puedes opinar cuando hablan personas de talento

El patito fue a acurrucarse en un rincón, malhumorado De pronto acordóse del aire libre

y de la luz del sol, y le entraron tales deseos de irse a nadar al agua, que no pudo reprimirse y se lo dijo a la gallina

- ¿Qué mosca te ha picado? -le replicó ésta- Como no tienes ninguna ocupación, te entran estos antojos ¡Pon huevos o ronronea, verás como se te pasan!

- ¡Pero es tan hermoso nadar! -insistió el patito- ¡Da tanto gusto zambullirse de cabeza hasta tocar el fondo!

- ¡Hay gustos que merecen palos! -respondió la gallina- Creo que has perdido la chaveta Pregunta al gato, que es la persona más sabia que conozco, si le gusta nadar o zambullirse en el agua Y ya no hablo de mí Pregúntalo si quieres a la dueña, la vieja;

en el mundo entero no hay nadie más inteligente ¿Crees que le apetece nadar y meterse

en el agua?

- ¡No me comprendéis! -suspiró el patito

- ¿Qué no te comprendemos? ¿Quién lo hará, entonces? No pretenderás ser más listo que el gato y la mujer, ¡y no hablemos ya de mí! No tengas esos humos, criatura, y da gracias al Creador por las cosas buenas que te ha dado ¿No vives en una habitación bien calentita, en compañía de quien puede enseñarte mucho? Pero eres un charlatán y

no da gusto tratar contigo Créeme, es por tu bien que te digo cosas desagradables; ahí

se conoce a los verdaderos amigos Procura poner huevos o ronronear, o aprende a despedir chispas

- Creo que me marcharé por esos mundos de Dios -dijo el patito

- Es lo mejor que puedes hacer -respondióle la gallina

Colás el Chico y Colás el Grande

Vivían en un pueblo dos hombres que se llamaban igual: Colás, pero el uno tenía cuatro caballos, y el otro, solamente uno Para distinguirlos llamaban Colás el Grande al de los cuatro caballos, y Colás el Chico al otro, dueño de uno solo Vamos a ver ahora lo que les pasó a los dos, pues es una historia verdadera

Durante toda la semana, Colás el Chico tenía que arar para el Grande, y prestarle su único caballo; luego Colás el Grande prestaba al otro sus cuatro caballos, pero sólo una vez a la semana: el domingo

¡Había que ver a Colás el Chico haciendo restallar el látigo sobre los cinco animales! Los miraba como suyos, pero sólo por un día Brillaba el sol, y las campanas de la iglesia llamaban a misa; la gente, endomingada, pasaba con el devocionario bajo el brazo para escuchar al predicador, y veía a Colás el Chico labrando con sus cinco caballos; y al hombre le daba tanto gusto que lo vieran así, que, pegando un nuevo latigazo, gritaba: «¡Oho! ¡Mis caballos!»

- No debes decir esto -reprendióle Colás el Grande- Sólo uno de los caballos es tuyo Pero en cuanto volvía a pasar gente, Colás el Chico, olvidándose de que no debía decirlo, volvía a gritar: «¡Oho! ¡Mis caballos!»

- Te lo advierto por última vez -dijo Colás el Grande- Como lo repitas, le arreo un trastazo a tu caballo que lo dejo seco, y todo eso te habrás ganado

- Te prometo que no volveré a decirlo -respondió Colás el Chico Pero pasó más gente que lo saludó con un gesto de la cabeza y nuestro hombre, muy orondo, pensando que era realmente de buen ver el que tuviese cinco caballos para arar su campo, volvió a restallar el látigo, exclamando: «¡Oho! ¡Mis caballos!»

- ¡Ya te daré yo tus caballos! -gritó el otro, y, agarrando un mazo, diole en la cabeza al

de Colás el Chico, y lo mató

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- ¡Ay! ¡Me he quedado sin caballo! -se lamentó el pobre Colás, echándose a llorar Luego lo despellejó, puso la piel a secar al viento, metióla en un saco, que se cargó a la espalda, y emprendió el camino de la ciudad para ver si la vendía

La distancia era muy larga; tuvo que atravesar un gran bosque oscuro, y como el tiempo era muy malo, se extravió, y no volvió a dar con el camino hasta que anochecía; ya era tarde para regresar a su casa o llegar a la ciudad antes de que cerrase la noche

A muy poca distancia del camino había una gran casa de campo Aunque los postigos

de las ventanas estaban cerrados, por las rendijas se filtraba luz «Esa gente me permitirá pasar la noche aquí», pensó Colás el Chico, y llamó a la puerta

Abrió la dueña de la granja, pero al oír lo que pedía el forastero le dijo que siguiese su camino, pues su marido estaba ausente y no podía admitir a desconocidos

- Bueno, no tendré más remedio que pasar la noche fuera dijo Colás, mientras la mujer

le cerraba la puerta en las narices

Había muy cerca un gran montón de heno, y entre él y la casa, un pequeño cobertizo con tejado de paja

- Puedo dormir allá arriba -dijo Colás el Chico, al ver el tejadillo-; será una buena cama

No creo que a la cigüeña se le ocurra bajar a picarme las piernas -pues en el tejado había hecho su nido una auténtica cigüeña

Subióse nuestro hombre al cobertizo y se tumbó, volviéndose ora de un lado ora del otro, en busca de una posición cómoda Pero he aquí que los postigos no llegaban hasta

lo alto de la ventana, y por ellos podía verse el interior

En el centro de la habitación había puesta una gran mesa, con vino, carne asada y un pescado de apetitoso aspecto Sentados a la mesa estaban la aldeana y el sacristán, ella

le servía, y a él se le iban los ojos tras el pescado, que era su plato favorito

«¡Quién estuviera con ellos!», pensó Colás el Chico, alargando la cabeza hacia la ventana Y entonces vio que habla además un soberbio pastel ¡Qué banquete, santo Dios!

Oyó entonces en la carretera el trote de un caballo que se dirigía a la casa; era el marido

de la campesina, que regresaba

El marido era un hombre excelente, y todo el mundo lo apreciaba; sólo tenía un defecto:

no podía ver a los sacristanes; en cuanto se le ponía uno ante los ojos, entrábale una rabia loca Por eso el sacristán de la aldea había esperado a que el marido saliera de viaje para visitar a su mujer, y ella le había obsequiado con lo mejor que tenía Al oír al hombre que volvía asustáronse los dos, y ella pidió al sacristán que se ocultase en un gran arcón vacío, pues sabía muy bien la inquina de su esposo por los sacristanes Apresuróse a esconder en el horno las sabrosas viandas y el vino, no fuera que el marido

lo observara y le pidiera cuentas

- ¡Qué pena! -suspiró Colás desde el tejado del cobertizo, al ver que desaparecía el banquete

- ¿Quién anda por ahí? -preguntó el campesino mirando a Colás- ¿Qué haces en la paja? Entra, que estarás mejor

Entonces Colás le contó que se había extraviado, y le rogó que le permitiese pasar allí la noche

- No faltaba más -respondióle el labrador-, pero antes haremos algo por la vida

La mujer recibió a los dos amablemente, puso la mesa y les sirvió una sopera de papillas El campesino venía hambriento y comía con buen apetito, pero Nicolás no hacía sino pensar en aquel suculento asado, el pescado y el pastel escondidos en el horno

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Debajo de la mesa había dejado el saco con la piel de caballo; ya sabemos que iba a la ciudad para venderla Como las papillas se le atragantaban, oprimió el saco con el pie, y

la piel seca produjo un chasquido

- ¡Chit! -dijo Colás al saco, al mismo tiempo que volvía a pisarlo y producía un chasquido más ruidoso que el primero

¡Oye! ¿Qué llevas en el saco? preguntó el dueño de la casa Nada, es un brujo respondió el otro- Dice que no tenemos por qué comer papillas, con la carne asada, el pescado y el pastel que hay en el horno

¿Qué dices? exclamó el campesino, corriendo a abrir el horno, donde aparecieron todas las apetitosas viandas que la mujer había ocultado, pero que él supuso que estaban allí por obra del brujo La mujer no se atrevió a abrir la boca; trajo los manjares a la mesa, y los dos hombres se regalaron con el pescado, el asado, y el dulce Entonces Colás volvió a oprimir el saco, y la piel crujió de nuevo

- ¿Qué dice ahora? -preguntó el campesino

- Dice -respondió el muy pícaro- que también ha hecho salir tres botellas de vino para nosotros; y que están en aquel rincón, al lado del horno

La mujer no tuvo más remedio que sacar el vino que había escondido, y el labrador bebió y se puso alegre ¡Qué no hubiera dado, por tener un brujo como el que Colás guardaba en su saco!

- ¿Es capaz de hacer salir al diablo? -preguntó- Me gustaría verlo, ahora que estoy alegre

- ¡Claro que sí! -replicó Colás- Mi brujo hace cuanto le pido ¿Verdad, tú? -preguntó pisando el saco y produciendo otro crujido- ¿Oyes? Ha dicho que sí Pero el diablo es muy feo; será mejor que no lo veas

- No le tengo miedo ¿Cómo crees que es?

- Pues se parece mucho a un sacristán

- ¡Uf! -exclamó el campesino- ¡Sí que es feo! ¿Sabes?, una cosa que no puedo sufrir es ver a un sacristán Pero no importa Sabiendo que es el diablo, lo podré tolerar por una vez Hoy me siento con ánimos; con tal que no se me acerque demasiado

- Como quieras, se lo pediré al brujo -, dijo Colás, y, pisando el saco, aplicó contra él la oreja

- ¿Qué dice?

- Dice que abras aquella arca y verás al diablo; está dentro acurrucado Pero no sueltes

la tapa, que podría escaparse

- Ayúdame a sostenerla -pidióle el campesino, dirigiéndose hacia el arca en que la mujer había metido al sacristán de carne y hueso, el cual se moría de miedo en su escondrijo

El campesino levantó un poco la tapa con precaución y miró al interior

- ¡Uy! -exclamó, pegando un salto atrás- Ya lo he visto ¡Igual que un sacristán!

¡Espantoso!

Lo celebraron con unas copas y se pasaron buena parte de la noche empinando el codo

- Tienes que venderme el brujo -dijo el campesino- Pide lo que quieras; te daré aunque sea una fanega de dinero

- No, no puedo -replicó Colás- Piensa en los beneficios que puedo sacar de este brujo -¡Me he encaprichado con él! ¡Véndemelo! -insistió el otro, y siguió suplicando

- Bueno -avínose al fin Colás- Lo haré porque has sido bueno y me has dado asilo esta noche Te cederé el brujo por una fanega de dinero; pero ha de ser una fanega rebosante

- La tendrás -respondió el labriego- Pero vas a llevarte también el arca; no la quiero en casa ni un minuto más ¡Quién sabe si el diablo está aún en ella!

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Colás el Chico dio al campesino el saco con la piel seca, y recibió a cambio una fanega

de dinero bien colmada El campesino le regaló todavía un carretón para transportar el dinero y el arca

- ¡Adiós! -dijo Colás, alejándose con las monedas y el arca que contenía al sacristán Por el borde opuesto del bosque fluía un río caudaloso y muy profundo; el agua corría con tanta furia, que era imposible nadar a contra corriente No hacía mucho que habían tendido sobre él un gran puente, y cuando Colás estuvo en la mitad dijo en voz alta, para que lo oyera el sacristán:

- ¿Qué hago con esta caja tan incómoda? Pesa como si estuviese llena de piedras Ya me voy cansando de arrastrarla; la echaré al río, Si va flotando hasta mi casa bien, y si no,

no importa

Y la levantó un poco con una mano, como para arrojarla al río

- ¡Detente, no lo hagas! -gritó el sacristán desde dentro Déjame salir primero

- ¡Dios me valga! -exclamó Colás, simulando espanto- ¡Todavía está aquí! ¡Echémoslo

al río sin perder tiempo, que se ahogue!

- ¡Oh, no, no! -suplicó el sacristán- Si me sueltas te daré una fanega de dinero

- Bueno, esto ya es distinto -aceptó Colás, abriendo el arca El sacristán se apresuró a salir de ella, arrojó el arca al agua y se fue a su casa, donde Colás recibió el dinero prometido Con el que le había entregado el campesino tenía ahora el carretón lleno

«Me he cobrado bien el caballo», se dijo cuando de vuelta a su casa, desparramó el dinero en medio de la habitación

«¡La rabia que tendrá Colás el Grande cuando vea que me he hecho rico con mi único caballo!; pero no se lo diré»

Colás el Chico y Colás el Grande

«¿Qué significa esto?», exclamó, y corrió a casa de Colás el Chico

- ¿De dónde sacaste ese dinero? -preguntó

- De la piel de mi caballo La vendí ayer tarde

- ¡Pues si que te la pagaron bien! - dijo el otro, y, sin perder tiempo, volvió a su casa, mató a hachazos sus cuatro caballos y, después de desollarlos, marchóse con las pieles a

la ciudad

- ¡Pieles, pieles! ¿Quién compra pieles? - iba por las calles, gritando Acudieron los zapateros y curtidores, preguntándole el precio

- Una fanega de dinero por piel - respondió Colás

- ¿Estás loco? -gritaron todo - ¿Crees que tenemos el dinero a fanegas?

- ¡Pieles, pieles! ¿Quién compra pieles? -repitió a voz en grito; y a todos los que le preguntaban el precio respondíales: - Una fanega de dinero por piel

- Este quiere burlarse de nosotros -decían todos, y, empuñando los zapateros sus trabas

y los curtidores sus mandiles, pusiéronse a aporrear a Colás

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- ¡Pieles, pieles! -gritaban, persiguiéndolo- ¡Ya verás cómo adobamos la tuya, que parecerá un estropajo! ¡Echadle de la ciudad!- Y Colás no tuvo más remedio que poner los pies en polvorosa Nunca le habían zurrado tan lindamente

«¡Ahora es la mía!», dijo al llegar a casa «¡Ésta me la paga Colás el Chico! ¡Le partiré

la cabeza!»

Sucedió que aquel día, en casa del otro Colás, había fallecido la abuela, y aunque la vieja había sido siempre muy dura y regañona, el nieto lo sintió, y acostó a la difunta en una cama bien calentita, para ver si lograba volverla a la vida Allí se pasó ella la noche, mientras Colás dormía en una silla, en un rincón No era la primera vez

Estando ya a oscuras, se abrió la puerta y entró Colás el Grande, armado de un hacha Sabiendo bien dónde estaba la cama, avanzó directamente hasta ella y asentó un hachazo en la cabeza de la abuela, persuadido de que era el nieto

- ¡Para que no vuelvas a burlarte de mí! -dijo, y se volvió a su casa

«¡Es un mal hombre!», pensó Colás el Chico «Quiso matarme! Suerte que la abuela ya estaba muerta; de otro modo, esto no lo cuenta»

Vistió luego el cadáver con las ropas del domingo, pidió prestado un caballo a un vecino y, después de engancharlo a su carro, puso el cadáver de la abuela, sentado, en el asiento trasero, de modo que no pudiera caerse con el movimiento del vehículo, y partió bosque a través Al salir el sol llegó a una gran posada, y Colás el Chico paró en ella para desayunarse

El posadero era hombre muy rico Bueno en el fondo, pero tenía un genio, pronto e irascible, como si hubiese en su cuerpo pimienta y tabaco

- ¡Buenos días! -dijo a Colás- ¿Tan temprano y ya endomingado?

- Sí, respondió el otro - Voy a la ciudad con la abuela La llevo en el carro, pero no puede bajar ¿Queréis llevarle un vaso de aguamiel? Pero tendréis que hablarle en voz alta, pues es dura de oído

- No faltaba más -respondió el ventero, y, llenando un vaso de aguamiel, salió a servirlo

a la abuela, que aparecía sentada, rígida, en el carro

- Os traigo un vaso de aguamiel de parte de vuestro hijo -le dijo el posadero Pero la mujer, como es natural, permaneció inmóvil y callada

- ¿No me oís? -gritó el hombre con toda la fuerza de sus pulmones- ¡Os traigo un vaso

de aguamiel de parte de vuestro hijo!

Y como lo repitiera dos veces más, sin que la vieja hiciese el menor movimiento, el hombre perdió los estribos y le tiró el vaso a la cara, de modo que el liquido se le derramó por la nariz y por la espalda

- ¡Santo Dios! -exclamó Colás el Chico, saliendo de un brinco y agarrando al posadero por el pecho- ¡Has matado a mi abuela! ¡Mira qué agujero le has hecho en la frente!

- ¡Oh, qué desgracia! -gritó el posadero llevándose las manos a la cabeza- ¡Todo por la culpa de mi genio! Colás, amigo mío, te daré una fanega de monedas y enterraré a tu abuela como si fuese la mía propia; pero no digas nada, pues me costaría la vida y sería una lástima

Así, Colás el Chico cobró otra buena fanega de dinero, y el posadero dio sepultura a la vieja como si hubiese sido su propia abuela

Al regresar nuestro hombre con todo el dinero, envió un muchacho a casa de Colás el Grande a pedir prestada la fanega

«¿Qué significa esto?», pensó el otro «Pues, ¿no lo maté? Voy a verlo yo mismo» Y, cargando con la medida, se dirigió a casa de Colás el Chico

- ¿De dónde sacaste tanto dinero? -preguntó, abriendo unos ojos como naranjas al ver toda aquella riqueza

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- No me mataste a mí, sino a mi abuela -replicó Colás el Chico- He vendido el cadáver

y me han dado por él una fanega de dinero

- ¡Qué bien te lo han pagado! -exclamó el otro, y, corriendo a su casa, cogió el hacha, mató a su abuela y, cargándola en el carro, la condujo a la ciudad donde residía el boticario, al cual preguntó si le compraría un muerto

- ¿Quién es y de dónde lo has sacado? -preguntó el boticario

- Es mi abuela -respondió Colás- La maté para sacar de ella una fanega de dinero

- ¡Dios nos ampare! -exclamó el boticario- ¡Qué disparate! No digas eso, que pueden cortarte la cabeza - Y le hizo ver cuán perversa había sido su acción, diciéndole que era

un hombre malo y que merecía un castigo Asustóse tanto Colás que, montando en el carro de un brinco y fustigando los caballos, emprendió la vuelta a casa sin detenerse El boticario y los demás presentes, creyéndole loco, le dejaron marchar libremente

«¡Me la vas a pagar!», dijo Colás cuando estuvo en la carretera «Ésta no te la paso, compadre» Y en cuanto hubo llegado a su casa cogió el saco más grande que encontró, fue al encuentro de Colás el Chico y le dijo:

- Por dos veces me has engañado; la primera maté los caballos, y la segunda a mi abuela Tú tienes la culpa de todo, pero no volverás a burlarte de mí - Y agarrando a Colás el Chico, lo metió en el saco y, cargándoselo a la espalda le dijo:

- ¡Ahora voy a ahogarte!

El trecho hasta el río era largo, y Colás el Chico pesaba lo suyo El camino pasaba muy cerca de la iglesia, desde la cual llegaban los sones del órgano y los cantos de los fieles Colás depositó el saco junto a la puerta, pensando que no estaría de más entrar a oír un salmo antes de seguir adelante El prisionero no podría escapar, y toda la gente estaba

en el templo; y así entró en él

- ¡Dios mío, Dios mío! -suspiraba Colás el Chico dentro del saco, retorciéndose y volviéndose, sin lograr soltarse Mas he aquí que acertó a pasar un pastor muy viejo, de cabello blanco y que caminaba apoyándose en un bastón Conducía una manada de vacas y bueyes, que al pasar, volcaron el saco que encerraba a Colás el Chico

- ¡Dios mío! -continuaba suspirando el prisionero- ¡Tan joven y tener que ir al cielo!

- En cambio, yo, pobre de mí -replicó el pastor-, no puedo ir, a pesar de ser tan viejo

- Abre el saco -gritó Colás-, métete en él en mi lugar, y dentro de poco estarás en el Paraíso

- ¡De mil amores! -respondió el pastor, desatando la cuerda Colás el Chico salió de un brinco de su prisión

- ¿Querrás cuidar de mi ganado? -preguntóle el viejo, metiéndose a su vez en el saco Colás lo ató fuertemente, y luego se alejó con la manada

A poco, Colás el Grande salió de la iglesia, y se cargó el saco a la espalda Al levantarlo parecióle que pesaba menos que antes, pues el viejo pastor era mucho más desmirriado que Colás el Chico «¡Qué ligero se ha vuelto!», pensó «Esto es el premio de haber oído un salmo» Y llegándose al río, que era profundo y caudaloso, echó al agua el saco con el viejo pastor, mientras gritaba, creído de que era su rival:

- ¡No volverás a burlarte de mí!

Y emprendió el regreso a su casa; pero al llegar al cruce de dos caminos topóse de nuevo con Colás el Chico, que conducía su ganado

- ¿Qué es esto? -exclamó asombrado- ¿Pero no te ahogué?

- Sí -respondió el otro- Hace cosa de media hora que me arrojaste al río

- ¿Y de dónde has sacado este rebaño? -preguntó Colás el Grande

- Son animales de agua -respondió el Chico- Voy a contarte la historia y a darte las gracias por haberme ahogado, pues ahora sí soy rico de veras Tuve mucho miedo cuando estaba en el saco, y el viento me zumbó en los oídos al arrojarme tú desde el

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puente, y el agua estaba muy fría Enseguida me fui al fondo, pero no me lastimé, pues está cubierto de la más mullida hierba que puedas imaginar Tan pronto como caí se abrió el saco y se me presentó una muchacha hermosísima, con un vestido blanco como

la nieve y una diadema verde en torno del húmedo cabello Me tomó la mano y me dijo:

«¿Eres tú, Colás el Chico? De momento ahí tienes unas cuantas reses; una milla más lejos, te aguarda toda una manada; te la regalo» Entonces vi que el río era como una gran carretera para la gente de mar Por el fondo hay un gran tránsito de carruajes y peatones que vienen del mar, tierra adentro, hasta donde empieza el río Había flores hermosísimas y la hierba más verde que he visto jamás Los peces pasaban nadando junto a mis orejas, exactamente como los pájaros en el aire ¡Y qué gente más simpática,

y qué ganado más gordo, paciendo por las hondonadas y los ribazos!

- ¿Y por qué has vuelto a la tierra? -preguntó Colás el Grande Yo no lo habría hecho, si tan bien se estaba allá abajo

- Sí -respondió el otro-, pero se me ocurrió una gran idea Ya has oído lo que te dije: la doncella me reveló que una milla camino abajo - y por camino entendía el río, pues ellos no pueden salir a otro sitio - me aguardaba toda una manada de vacas Pero yo sé muy bien que el río describe muchas curvas, ora aquí, ora allá; es el cuento de nunca acabar En cambio, yendo por tierra se puede acertar el camino; me ahorro así casi media milla, y llego mucho antes al lugar donde está el ganado

- ¡Qué suerte tienes! -exclamó Colás el Grande- ¿Piensas que me darían también ganado, si bajase al fondo del río?

- Seguro -respondió Colás el Chico-, pero yo no puedo llevarte en el saco hasta el puente, pesas demasiado Si te conformas, con ir allí a pie y luego meterte en el saco, te arrojare al río con mucho gusto

- Muchas gracias -asintió el otro- Pero si cuando esté abajo no me dan nada, te zurraré

de lo lindo; y no creas que hablo en broma

- ¡Bah! ¡No te lo tomes tan a pecho! - y se encaminaron los dos al río Cuando el ganado, que andaba sediento, vio el agua, echó a correr hacia ella para calmar la sed

- ¡Fíjate cómo se precipitan! -observó Colás el Chico- Bien se ve que quieren volver al fondo

- Sí, ayúdame -dijo el tonto-; de lo contrario vas a llevar palo - Y se metió en un gran saco que venía atravesado sobre el dorso de uno de los bueyes

- Ponle dentro una piedra, no fuera caso que quedase flotando -añadió

- Perfectamente -dijo el Chico, e introduciendo en el saco una voluminosa piedra, lo ató fuertemente y, ¡pum!, Colás el Grande salió volando por los aires, y en un instante se hundió en el río «Me temo que no encuentres el ganado», dijo el otro Colás, emprendiendo el camino de casa con su manada

Las flores de la pequeña Ida

- ¡Mis flores se han marchitado! -exclamó la pequeña Ida

- Tan hermosas como estaban anoche, y ahora todas sus hojas cuelgan mustias ¿Por qué será esto? -preguntó al estudiante, que estaba sentado en el sofá Le tenía mucho cariño, pues sabía las historias más preciosas y divertidas, y era muy hábil además en recortar figuras curiosas: corazones con damas bailando, flores y grandes castillos cuyas puertas podían abrirse Era un estudiante muy simpático

- ¿Por qué ponen una cara tan triste mis flores hoy? -dijo, señalándole un ramillete completamente marchito

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- ¿No sabes qué les ocurre? -respondió el estudiante- Pues que esta noche han ido al baile, y por eso tienen hoy las cabezas colgando

- ¡Pero si las flores no bailan! -repuso Ida

- ¡Claro que sí! -dijo el estudiante- En cuanto oscurece y nosotros nos acostamos, ellas empiezan a saltar y bailar Casi todas las noches tienen sarao

- ¿Y los niños no pueden asistir?

- Claro que sí -contestó el estudiante- Las margaritas y los muguetes muy pequeñitos

- ¿Dónde bailan las flores? -siguió preguntando la niña

- ¿No has ido nunca a ver las bonitas flores del jardín del gran palacio donde el Rey pasa el verano? Claro que has ido, y habrás visto los cisnes que acuden nadando cuando haces señal de echarles migas de pan Pues allí hacen unos bailes magníficos, te lo digo

yo

- Ayer estuve con mamá -dijo Ida-; pero habían caído todas las hojas de los árboles, ya

no quedaba ni una flor ¿Dónde están? ¡Tantas como había en verano!

- Están dentro del palacio -respondió el estudiante- Has de saber que en cuanto el Rey y toda la corte regresan a la ciudad, todas las flores se marchan corriendo del jardín y se instalan en palacio, donde se divierten de lo lindo ¡Tendrías que verlo! Las dos rosas más preciosas se sientan en el trono y hacen de Rey y de Reina Las rojas gallocrestas se sitúan de pie a uno y otro lado y hacen reverencias; son los camareros Vienen luego las flores más lindas y empieza el gran baile; las violetas representan guardias marinas, y bailan con los jacintos y los azafranes, a los que llaman señoritas Los tulipanes y las grandes azucenas de fuego son damas viejas que cuidan de que se baile en debida forma

y de que todo vaya bien

- Pero -preguntó la pequeña Ida-, ¿nadie les dice nada a las flores por bailar en el palacio real?

- El caso es que nadie está en el secreto -, respondió el estudiante- Cierto que alguna vez que otra se presenta durante la noche el viejo guardián del castillo, con su manojo

de llaves, para cerciorarse de que todo está en regla; pero no bien las flores oyen rechinar la cerradura, se quedan muy quietecitas, escondidas detrás de los cortinajes y asomando las cabecitas «Aquí huele a flores», dice el viejo guardián, «pero no veo ninguna»

- ¡Qué divertido! -exclamó Ida, dando una palmada- ¿Y no podría yo ver las flores?

- Sí -dijo el estudiante- Sólo tienes que acordarte, cuando salgas, de mirar por la ventana; enseguida las verás Yo lo hice hoy En el sofá había estirado un largo lirio de Pascua amarillo; era una dama de la corte

- ¿Y las flores del Jardín Botánico pueden ir también, con lo lejos que está?

- Sin duda -respondió el estudiante -, ya que pueden volar, si quieren ¿No has visto las hermosas mariposas, rojas, amarillas y blancas? Parecen flores, y en realidad lo han sido Se desprendieron del tallo, y, agitando las hojas cual si fueran alas, se echaron a volar; y como se portaban bien, obtuvieron permiso para volar incluso durante el día, sin necesidad de volver a la planta y quedarse en sus tallos, y de este modo las hojas se convirtieron al fin en alas de veras Tú misma las has visto Claro que a lo mejor las flores del Jardín Botánico no han estado nunca en el palacio real, o ignoran lo bien que

se pasa allí la noche ¿Sabes qué? Voy a decirte una cosa que dejaría pasmado al profesor de Botánica que vive cerca de aquí ¿lo conoces, no? Cuando vayas a su jardín contarás a una de sus flores lo del gran baile de palacio; ella lo dirá a las demás, y todas echarán a volar hacia allí Si entonces el profesor acierta a salir al jardín, apenas encontrará una sola flor, y no comprenderá adónde se han metido

- Pero, ¿cómo va la flor a contarlo a las otras? Las flores no hablan

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- Lo que se dice hablar, no -admitió el estudiante-, pero se entienden con signos ¿No has visto muchas veces que, cuando sopla un poco de brisa, las flores se inclinan y mueven sus verdes hojas? Pues para ellas es como si hablasen

- ¿Y el profesor entiende sus signos? -preguntó Ida

- Supongo que sí Una mañana salió al jardín y vio cómo una gran ortiga hacía signos con las hojas a un hermoso clavel rojo «Eres muy lindo; te quiero», decía Mas el profesor, que no puede sufrir a las ortigas, dio un manotazo a la atrevida en las hojas que son sus dedos; mas la planta le pinchó, produciéndole un fuerte escozor, y desde entonces el buen señor no se ha vuelto a meter con las ortigas

- ¡Qué divertido! -exclamó Ida, soltando la carcajada

- ¡Qué manera de embaucar a una criatura! -refunfuñó el aburrido consejero de Cancillería, que había venido de visita y se sentaba en el sofá El estudiante le era antipático, y siempre gruñía al verle recortar aquellas figuras tan graciosas: un hombre colgando de la horca y sosteniendo un corazón en la mano - pues era un robador de corazones -, o una vieja bruja montada en una escoba, llevando a su marido sobre las narices Todo esto no podía sufrirlo el anciano señor, y decía, como en aquella ocasión:

- ¡Qué manera de embaucar a una criatura! ¡Vaya fantasías tontas!

Mas la pequeña Ida encontraba divertido lo que le contaba el estudiante acerca de las flores, y permaneció largo rato pensando en ello Las flores estaban con las cabezas colgantes, cansadas, puesto que habían estado bailando durante toda la noche Seguramente estaban enfermas Las llevó, pues, junto a los demás juguetes, colocados sobre una primorosa mesita cuyo cajón estaba lleno de cosas bonitas En la camita de muñecas dormía su muñeca Sofía, y la pequeña Ida le dijo:

- Tienes que levantarte, Sofía; esta noche habrás de dormir en el cajón, pues las pobrecitas flores están enfermas y las tengo que acostar en la cama, a ver si se reponen - Y sacó la muñeca, que parecía muy enfurruñada y no dijo ni pío; le fastidiaba tener que ceder su cama

Ida acostó las flores en la camita, las arropó con la diminuta manta y les dijo que descansasen tranquilamente, que entretanto les prepararía té para animarlas y para que pudiesen levantarse al día siguiente Corrió las cortinas en torno a la cama para evitar que el sol les diese en los ojos

Durante toda la velada estuvo pensando en lo que le había contado el estudiante; y cuando iba a acostarse, no pudo contenerse y miró detrás de las cortinas que colgaban delante de las ventanas, donde estaban las espléndidas flores de su madre, jacintos y tulipanes, y les dijo en voz muy queda:

- ¡Ya sé que esta noche bailaréis! - Las flores se hicieron las desentendidas y no movieron ni una hoja Mas la pequeña Ida sabía lo que sabía

Ya en la cama, estuvo pensando durante largo rato en lo bonito que debía ser ver a las bellas flores bailando allá en el palacio real «¿Quién sabe si mis flores no bailarán también?» Pero quedó dormida enseguida

Despertó a medianoche; había soñado con las flores y el estudiante a quien el señor Consejero había regañado por contarle cosas tontas En el dormitorio de Ida reinaba un silencio absoluto; la lámpara de noche ardía sobre la mesita, y papá y mamá dormían a pierna suelta

-¿Estarán mis flores en la cama de Sofía? -se preguntó- Me gustaría saberlo - Se incorporó un poquitín y miró a la puerta, que estaba entreabierta En la habitación contigua estaban sus flores y todos sus juguetes Aguzó el oído y le pareció oír que tocaban el piano, aunque muy suavemente y con tanta dulzura como nunca lo había oído «Sin duda todas las flores están bailando allí», pensó «¡Cómo me gustaría verlo!» Pero no se atrevía a levantarse, por temor a despertar a sus padres

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- ¡Si al menos entrasen en mi cuarto!- dijo; pero las flores no entraron, y la música siguió tocando primorosamente Al fin, no pudo resistir más, aquello era demasiado hermoso Bajó quedita de su cama, se dirigió a la puerta y miró al interior de la habitación ¡Dios santo, y qué maravillas se veían!

Las flores de la pequeña Ida

Continuación

Aunque no había lámpara de ninguna clase, el cuarto estaba muy claro, gracias a la luna, que, a través de la ventana proyectaba sus rayos sobre el pavimento; parecía de día Los jacintos y tulipanes estaban alineados en doble fila; en la ventana no habla ninguno, los tiestos aparecían vacíos; en el suelo, todas las flores bailaban graciosamente en corro, formando cadena y cogiéndose, al girar, unas con otras por las largas hojas verdes Sentado al piano se hallaba un gran lirio amarillo, que Ida estaba segura de haber visto

en verano, pues recordaba muy bien que el estudiante le había dicho:

- ¡Cómo se parece a la señorita Line! -y todos se habían echado a reír Pero ahora la pequeña Ida encontraba que realmente aquella larga flor amarilla se parecía a la citada señorita, pues hacía sus mismos gestos al tocar, y su cara larga y macilenta se inclinaba ora hacia un lado ora hacia el otro, siguiendo con un movimiento de la cabeza el compás

de la bellísima música

Nadie se fijó en Ida Ella vio entonces cómo un gran azafrán azul saltaba sobre la mesa

de los juguetes y, dirigiéndose a la cama de la muñeca, descorría las cortinas Aparecieron las flores enfermas que se levantaron en el acto, haciéndose mutuamente señas e indicando que deseaban tomar parte en la danza El viejo deshollinador de porcelana, que había perdido el labio inferior, se puso en pie e hizo una reverencia a las lindas flores, las cuales no tenían aspecto de enfermas ni mucho menos; saltaron una tras otra, contentas y vivarachas

Pareció como si algo cayese de la mesa Ida miró en aquella dirección: era el látigo que

le hablan regalado en carnaval, el cual había saltado, como si quisiera también tomar parte en la fiesta de las flores Estaba muy mono con sus cintas de papel, y se le montó encima un muñequito de cera que llevaba la cabeza cubierta con un ancho sombrero parecido al del consejero de Cancillería El latiguillo avanzaba a saltos sobre sus tres rojas patas de palo con gran alboroto pues bailaba una mazurca, baile en el que no podían acompañarle las demás flores, que eran muy ligeras y no sabían patalear

De pronto, el muñeco de cera, montado en el látigo, se hinchó y aumentó de tamaño, y, volviéndose encima de las flores de papel pintado que adornaban su montura, gritó:

«¡Qué manera de embaucar a una criatura! ¡Vaya fantasías tontas!» Era igual, igual que

el Consejero, con su ancho sombrero; se le parecía hasta en lo amarillo y aburrido Pero las flores de papel se le enroscaron en las escuálidas patas, y el muñeco se encogió de nuevo, volviendo a su condición primitiva de muñequito de cera Daba gusto verlo; Ida

no podía reprimir la risa El látigo siguió bailando y el Consejero no tuvo más remedio que acompañarlo; lo mismo daba que se hiciera grande o se quedara siendo el muñequito macilento con su gran sombrero negro Entonces las otras flores intercedieron en su favor, especialmente las que habían estado reposando en la camita, y

el látigo se dejó ablandar Entonces alguien llamó desde e1 interior del cajón, donde Sofía, la muñeca de Ida, yacía junto a los restantes juguetes; el deshollinador echó a correr hasta el canto de la mesa, y, echándose sobre la barriga, se puso a tirar del cajón Levantóse entonces Sofía y dirigió una mirada de asombro a su alrededor

- ¡Conque hay baile! -dijo- ¿Por qué no me avisaron?

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- ¿Quieres bailar conmigo? -preguntó el deshollinador

- ¡Bah! ¡Buen bailarín eres tú! -replicó ella, volviéndole la espalda Y, sentándose sobre

el cajón, pensó que seguramente una de las flores la solicitaría como pareja Pero ninguna lo hizo Tosió: ¡hm, hm, hm!, mas ni por ésas El deshollinador bailaba solo y

su alrededor Sofía sintióse satisfecha, dijo que podían seguir utilizando su cama, que ella dormiría muy a gusto en el cajón

Pero las flores respondieron:

- Gracias de todo corazón, mas ya no nos queda mucho tiempo de vida Mañana habremos muerto Pero dile a Ida que nos entierre en el jardín, junto al lugar donde reposa el canario De este modo en verano resucitaremos aún más hermosas

- ¡No, no debéis morir! -dijo Sofía, y besó a las flores Abrióse en esto la puerta de la sala y entró una gran multitud de flores hermosísimas, todas bailando Ida no comprendía de dónde venían; debían de ser las del palacio real Delante iban dos rosas espléndidas, con sendas coronas de oro: eran un rey y una reina; seguían luego los alhelíes y claveles más bellos que quepa imaginar, saludando en todas direcciones Se traían la música: grandes adormideras y peonias soplaban en vainas de guisantes, con tal fuerza que tenían la cara encarnada como un pimiento Las campanillas azules y los diminutos rompenieves sonaban cual si fuesen cascabelitos Era una música la mar de alegre Venían detrás otras muchas flores, todas danzando: violetas y amarantos rojos, margaritas y muguetes Y todas se iban besando entre sí ¡Era un espectáculo realmente maravilloso!

Finalmente, se dieron unas a otras las buenas noches, y la pequeña Ida se volvió a la cama, donde soñó en todo lo que acababa de presenciar

Al despertarse al día siguiente, corrió a la mesita para ver si estaban en ella las flores; descorrió las cortinas de la camita: sí, todas estaban; pero completamente marchitas, mucho más que la víspera Sofía continuaba en el cajón, donde la dejara Ida, y tenía una cara muy soñolienta

- ¿Te acuerdas de lo que debes decirme? -le preguntó Ida Pero Sofía estaba como atontada y no respondió

- Eres una desagradecida -le dijo Ida- Ya no te acuerdas de que todas bailaron contigo Cogió luego una caja de papel que tenía dibujados bonitos pájaros, y depositó en ella las flores muertas:

- Este será vuestro lindo féretro -dijo-, y cuando vengan mis primos noruegos me ayudarán a enterraros en el jardín, para que en verano volváis a crecer y os hagáis aún más hermosas

Los primos noruegos eran dos alegres muchachos, Jonás y Adolfo Su padre les había regalado dos arcos nuevos, y los traían para enseñárselos a Ida Ella les habló de las pobres flores muertas, y en casa les dieron permiso para enterrarlas Los dos muchachos marchaban al paso con sus arcos al hombro, e Ida seguía con las flores muertas en la bonita caja Excavaron una pequeña fosa en el jardín; Ida besó a las flores y las depositó

en la tumba, encerradas en su ataúd, mientras Adolfo y Jonás disparaban sus arcos, a falta de fusiles o cañones

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Lo que hace el padre bien hecho está

Voy a contaros ahora una historia que oí cuando era muy niño, y cada vez que me acuerdo de ella me parece más bonita Con las historias ocurre lo que con ciertas personas: embellecen a medida que pasan los años, y esto es muy alentador

Algunas veces habrás salido a la campiña y habrás visto una casa de campo, con un tejado de paja en el que crecen hierbas y musgo; en el remate del tejado no puede faltar

un nido de cigüeñas Las paredes son torcidas; las ventanas, bajas, y de ellas sólo puede abrirse una El horno sobresale como una pequeña barriga abultada, y el saúco se inclina sobre el seto, cerca del cual hay una charca con un pato o unos cuantos patitos bajo el achaparrado sauce Tampoco, falta el mastín, que ladra a toda alma viviente

Pues en una casa como la que te he descrito vivía un viejo matrimonio, un pobre campesino con su mujer No poseían casi nada, y, sin embargo, tenían una cosa superflua: un caballo, que solía pacer en los ribazos de los caminos El padre lo montaba para trasladarse a la ciudad, y los vecinos se lo pedían prestado y le pagaban con otros servicios; desde luego, habría sido más ventajoso para ellos vender el animal o trocarlo por algo que les reportase mayor beneficio Pero, ¿por qué lo podían cambiar?

- Tú verás mejor lo que nos conviene -dijo la mujer- Precisamente hoy es día de mercado en el pueblo Vete allí con el caballo y que te den dinero por él, o haz un buen intercambio Lo que haces, siempre está bien hecho Vete al mercado

Le arregló la bufanda alrededor del cuello, pues esto ella lo hacía mejor, y le puso también una corbata de doble lazo, que le sentaba muy bien; cepillóle el sombrero con

la palma de la mano, le dio un beso, y el hombre se puso alegremente en camino montado en el caballo que debía vender o trocar «El viejo entiende de esas cosas -pensaba la mujer- Nadie lo hará mejor que él»

El sol quemaba, y ni una nubecilla empañaba el azul del cielo El camino estaba polvoriento, animado por numerosos individuos que se dirigían al mercado, en carro, a caballo o a pie El calor era intenso, y en toda la extensión del camino no se descubría ni

un puntito de sombra

Nuestro amigo se encontró con un paisano que conducía una vaca, todo lo bien parecida que una vaca puede ser «De seguro que da buena leche -pensó- Tal vez sería un buen cambio»

- ¡Oye tú, el de la vaca! -dijo- ¿Y si hiciéramos un trato? Ya sé que un caballo es más caro que una vaca; pero me da igual De una vaca sacaría yo más beneficio ¿Quieres que cambiemos?

- Muy bien -dijo el hombre de la vaca; y trocaron los animales

Cerrado el trato; nada impedía a nuestro campesino volverse a casa, puesto que el objeto del viaje quedaba cumplido Pero su intención primera había sido ir a la feria, y decidió llegarse a ella, aunque sólo fuera para echar un vistazo Así continuó el hombre conduciendo la vaca Caminaba ligero, y el animal también, por lo que no tardaron en alcanzar a un individuo con una oveja Era un buen ejemplar, gordo y con un buen

«toisón»

«¡Esa oveja sí que me gustaría! -pensó el campesino- En nuestros ribazos nunca le faltaría hierba, y en invierno podríamos tenerla en casa Yo creo que nos conviene más mantener una oveja que una vaca»

- ¡Amigo! -dijo al otro-, ¿quieres que cambiemos?

El propietario de la oveja no se lo hizo repetir; efectuaron el cambio, y el labrador prosiguió su camino, muy contento con su oveja Mas he aquí que, viniendo por un

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sendero que cruzaba la carretera, vio a un hombre que llevaba una gorda oca bajo el brazo

- ¡Caramba! ¡Vaya oca cebada que traes! -le dijo- ¡Qué cantidad de grasa y de pluma!

No estaría mal en nuestra charca, atada de un cabo La vieja podría echarle los restos de comida Cuántas veces le he oído decir: ¡Ay, si tuviésemos una oca! Pues ésta es la ocasión ¿Quieres cambiar? Te daré la oveja por la oca, y muchas gracias encima

El otro aceptó, no faltaba más; hicieron el cambio, y el campesino se quedó con la oca Estaba ya cerca de la ciudad, y el bullicio de la carretera iba en aumento; era un hormiguero de personas y animales, que llenaban el camino y hasta la cuneta Llegaron

al fin al campo de patatas del portazguero Éste tenía una gallina atada para que no se escapara, asustada por el ruido Era una gallina derrabada, bizca y de bonito aspecto

«Cluc, cluc», gritaba No sé lo que ella quería significar con su cacareo, el hecho es que

el campesino pensó al verla: «Es la gallina más hermosa que he visto en mi vida; es mejor que la clueca del señor rector; me gustaría tenerla Una gallina es el animal más fácil de criar; siempre encuentra un granito de trigo; puede decirse que se mantiene ella sola Creo sería un buen negocio cambiarla por la oca»

- ¿Y si cambiáramos? -preguntó

- ¿Cambiar? -dijo el otro- Por mí no hay inconveniente y aceptó la proposición El portazguero se quedó con la oca, y el campesino, con la gallina

La verdad es que había aprovechado bien el tiempo en el viaje a la ciudad Por otra parte, arreciaba el calor, y el hombre estaba cansado; un trago de aguardiente y un bocadillo le vendrían de perlas Como se encontrara delante de la posada, entró en ella

en el preciso momento en que salía el mozo, cargado con un saco lleno a rebosar

- ¿Qué llevas ahí? -preguntó el campesino

- Manzanas podridas -respondió el mozo-; un saco lleno para los cerdos

- ¡Qué hermosura de manzanas! ¡Cómo gozaría la vieja si las viera! El año pasado el manzano del corral sólo dio una manzana; hubo que guardarla, y estuvo sobre la cómoda hasta que se pudrió Esto es signo de prosperidad, decía la abuela ¡Menuda prosperidad tendría con todo esto! Quisiera darle este gusto

- ¿Cuánto me dais por ellas? -preguntó el hombre

- ¿Cuánto os doy? Os las cambio por la gallina -y dicho y hecho, entregó la gallina y recibió las manzanas Entró en la posada y se fue directo al mostrador El saco lo dejó arrimado a la estufa, sin reparar en que estaba encendida En la sala había mucha gente forastera, tratante de caballos y de bueyes, y entre ellos dos ingleses, los cuales, como todo el mundo sabe, son tan ricos, que los bolsillos les revientan de monedas de oro Y

lo que más les gusta es hacer apuestas Escucha si no

«¡Chuf, chuf!» ¿Qué ruido era aquél que llegaba de la estufa? Las manzanas empezaban

a asarse

- ¿Qué pasa ahí?

No tardó en propagarse la historia del caballo que había sido trocado por una vaca y, descendiendo progresivamente, se había convertido en un saco de manzanas podridas

- Espera a llegar a casa, verás cómo la vieja te recibe a puñadas -dijeron los ingleses

- Besos me dará, que no puñadas -replicó el campesino- La abuela va a decir: «Lo que hace el padre, bien hecho está»

- ¿Hacemos una apuesta? -propusieron los ingleses- Te apostamos todo el oro que quieras: onzas de oro a toneladas, cien libras, un quintal

- Con una fanega me contento -contestó el campesino- Pero sólo puedo jugar una fanega de manzanas, y yo y la abuela por añadidura Creo que es medida colmada ¿Qué pensáis de ello?

- Conforme -exclamaron los ingleses- Trato hecho

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Engancharon el carro del ventero, subieron a él los ingleses y el campesino, sin olvidar

el saco de manzanas, y se pusieron en camino No tardaron en llegar a la casita

- ¡Buenas noches, madrecita!

- ¡Buenas noches, padrecito!

- He hecho un buen negocio con el caballo

- ¡Ya lo decía yo; tú entiendes de eso! -dijo la mujer, abrazándolo, sin reparar en el saco

ni en los forasteros

- He cambiado el caballo por una vaca

- ¡Dios sea loado! ¡La de leche que vamos a tener! Por fin volveremos a ver en la mesa mantequilla y queso ¡Buen negocio!

- Sí, pero luego cambié la vaca por una oveja

- ¡Ah! ¡Esto está aún mejor! -exclamó la mujer- Tú siempre piensas en todo Hierba para una oveja tenemos de sobra No nos faltará ahora leche y queso de oveja, ni medias

de lana, y aun batas de dormir Todo eso la vaca no lo da; pierde el pelo Eres una perla

de marido

- Pero es que después cambié la oveja por una oca

- Así tendremos una oca por San Martín, padrecito ¡Sólo piensas en darme gustos!

¡Qué idea has tenido! Ataremos la oca fuera, en la hierba, y ¡lo que engordará hasta San Martín!

- Es que he cambiado la oca por una gallina -prosiguió el hombre

- ¿Una gallina? ¡Éste sí que es un buen negocio! -exclamó la mujer- La gallina pondrá huevos, los incubará, tendremos polluelos y todo un gallinero ¡Es lo que yo más deseaba!

- Sí, pero es que luego cambié la gallina por un saco de manzanas podridas

- ¡Ven que te dé un beso! -exclamó la mujer, fuera de sí de contento- ¡Gracias, marido mío! ¿Quieres que te cuente lo que me ha ocurrido? En cuanto te hubiste marchado, me puse a pensar qué comida podría prepararte para la vuelta; se me ocurrió que lo mejor sería tortilla de puerros Los huevos los tenía, pero me faltaban los puerros Me fui, pues, a casa del maestro Sé de cierto que tienen puerros, pero ya sabes lo avara que es

la mujer Le pedí que me prestase unos pocos «¿Prestar? -me respondió- No tenemos nada en el huerto, ni una mala manzana podrida Ni una manzana puedo prestaros» Pues ahora yo puedo prestarle diez, ¡qué digo! todo un saco ¡qué gusto, padrecito! - Y

le dio otro beso

- Magnífico -dijeron los ingleses- ¡Siempre para abajo y siempre contenta! Esto no se paga con dinero - Y pagaron el quintal de monedas de oro al campesino, que recibía besos en vez de puñadas

Sí, señor, siempre se sale ganando cuando la mujer no se cansa de declarar que el padre entiende en todo, y que lo que hace, bien hecho está

Ésta es la historia que oí de niño Ahora tú la sabes también, y no lo olvides: lo que el padre hace, bien hecho está

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mantequilla y lastrados con monedas de oro en vez de piedras No es extraño, pues, que pronto se terminase el dinero; al fin a nuestro mozo no le quedaron más de cuatro perras gordas, y por todo vestido, unas zapatillas y una vieja bata de noche Sus amigos lo abandonaron; no podían ya ir juntos por la calle; pero uno de ellos, que era un bonachón, le envió un viejo cofre con este aviso: «¡Embala!» El consejo era bueno, desde luego, pero como nada tenía que embalar, se metió él en el baúl

Era un cofre curioso: echaba a volar en cuanto se le apretaba la cerradura Y así lo hizo;

en un santiamén, el muchacho se vio por los aires metido en el cofre, después de salir por la chimenea, y montóse hasta las nubes, vuela que te vuela Cada vez que el fondo del baúl crujía un poco, a nuestro hombre le entraba pánico; si se desprendiesen las tablas, ¡vaya salto! ¡Dios nos ampare!

De este modo llegó a tierra de turcos Escondiendo el cofre en el bosque, entre hojarasca seca, se encaminó a la ciudad; no llamó la atención de nadie, pues todos los turcos vestían también bata y pantuflos Encontróse con un ama que llevaba un niño:

- Oye, nodriza -le preguntó-, ¿qué es aquel castillo tan grande, junto a la ciudad, con ventanas tan altas?

- Allí vive la hija del Rey -respondió la mujer- Se le ha profetizado que quien se enamore de ella la hará desgraciada; por eso no se deja que nadie se le acerque, si no es

en presencia del Rey y de la Reina, - Gracias -dijo el hijo del mercader, y volvió a su bosque Se metió en el cofre y levantó el vuelo; llegó al tejado del castillo y se introdujo por la ventana en las habitaciones de la princesa

Estaba ella durmiendo en un sofá; era tan hermosa, que el mozo no pudo reprimirse y le dio un beso La princesa despertó asustada, pero él le dijo que era el dios de los turcos, llegado por los aires; y esto la tranquilizó

Sentáronse uno junto al otro, y el mozo se puso a contar historias sobre los ojos de la muchacha: eran como lagos oscuros y maravillosos, por los que los pensamientos nadaban cual ondinas; luego historias sobre su frente, que comparó con una montaña nevada, llena de magníficos salones y cuadros; y luego le habló de la cigüeña, que trae a los niños pequeños

Sí, eran unas historias muy hermosas, realmente Luego pidió a la princesa si quería ser

su esposa, y ella le dio el sí sin vacilar

- Pero tendréis que volver el sábado -añadió-, pues he invitado a mis padres a tomar el

té Estarán orgullosos de que me case con el dios de los turcos Pero mira de recordar historias bonitas, que a mis padres les gustan mucho Mi madre las prefiere edificantes y elevadas, y mi padre las quiere divertidas, pues le gusta reírse

- Bien, no traeré más regalo de boda que mis cuentos -respondió él, y se despidieron; pero antes la princesa le regaló un sable adornado con monedas de oro ¡Y bien que le vinieron al mozo!

Se marchó en volandas, se compró una nueva bata y se fue al bosque, donde se puso a componer un cuento Debía estar listo para el sábado, y la cosa no es tan fácil

Y cuando lo tuvo terminado, era ya sábado

El Rey, la Reina y toda la Corte lo aguardaban para tomar el té en compañía de la princesa Lo recibieron con gran cortesía

- ¿Vais a contarnos un cuento -preguntóle la Reina-, uno que tenga profundo sentido y sea instructivo?

- Pero que al mismo tiempo nos haga reír -añadió el Rey.-

- De acuerdo -respondía el mozo, y comenzó su relato Y ahora, atención

«Érase una vez un haz de fósforos que estaban en extremo orgullosos de su alta estirpe;

su árbol genealógico, es decir, el gran pino, del que todos eran una astillita, había sido

un añoso y corpulento árbol del bosque Los fósforos se encontraban ahora entre un

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viejo eslabón y un puchero de hierro no menos viejo, al que hablaban de los tiempos de

su infancia -¡Sí, cuando nos hallábamos en la rama verde -decían- estábamos realmente

en una rama verde! Cada amanecer y cada atardecer teníamos té diamantino: era el rocío; durante todo el día nos daba el sol, cuando no estaba nublado, y los pajarillos nos contaban historias Nos dábamos cuenta de que éramos ricos, pues los árboles de fronda sólo van vestidos en verano; en cambio, nuestra familia lucía su verde ropaje, lo mismo

en verano que en invierno Mas he aquí que se presentó el leñador, la gran revolución, y nuestra familia se dispersó El tronco fue destinado a palo mayor de un barco de alto bordo, capaz de circunnavegar el mundo si se le antojaba; las demás ramas pasaron a otros lugares, y a nosotros nos ha sido asignada la misión de suministrar luz a la baja plebe; por eso, a pesar de ser gente distinguida, hemos venido a parar a la cocina

» - Mi destino ha sido muy distinto -dijo el puchero a cuyo lado yacían los fósforos- Desde el instante en que vine al mundo, todo ha sido estregarme, ponerme al fuego y sacarme de él; yo estoy por lo práctico, y, modestia aparte, soy el número uno en la casa, Mi único placer consiste, terminado el servicio de mesa, en estarme en mi sitio, limpio y bruñido, conversando sesudamente con mis compañeros; pero si exceptúo el balde, que de vez en cuando baja al patio, puede decirse que vivimos completamente retirados Nuestro único mensajero es el cesto de la compra, pero ¡se exalta tanto cuando habla del gobierno y del pueblo!; hace unos días un viejo puchero de tierra se asustó tanto con lo que dijo, que se cayó al suelo y se rompió en mil pedazos Yo os digo que este cesto es un revolucionario; y si no, al tiempo

» - ¡Hablas demasiado! -intervino el eslabón, golpeando el pedernal, que soltó una chispa- ¿No podríamos echar una cana al aire, esta noche?

» - Sí, hablemos -dijeron los fósforos-, y veamos quién es el más noble de todos nosotros

» - No, no me gusta hablar de mi persona -objetó la olla de barro- Organicemos una velada Yo empezaré contando la historia de mi vida, y luego los demás harán lo mismo; así no se embrolla uno y resulta más divertido En las playas del Báltico, donde las hayas que cubren el suelo de Dinamarca

» - ¡Buen principio! -exclamaron los platos- Sin duda, esta historia nos gustará

» - pasé mi juventud en el seno de una familia muy reposada; se limpiaban los muebles, se restregaban los suelos, y cada quince días colgaban cortinas nuevas

» - ¡Qué bien se explica! -dijo la escoba de crin- Diríase que habla un ama de casa; hay

un no sé que de limpio y refinado en sus palabras

» -Exactamente lo que yo pensaba -asintió el balde, dando un saltito de contento que hizo resonar el suelo

» La olla siguió contando, y el fin resultó tan agradable como había sido el principio

» Todos los platos castañetearon de regocijo, y la escoba sacó del bote unas hojas de perejil, y con ellas coronó a la olla, a sabiendas de que los demás rabiarían "Si hoy le pongo yo una corona, mañana me pondrá ella otra a mí", pensó

» - ¡Voy a bailar! -exclamó la tenaza, y, ¡dicho y hecho! ¡Dios nos ampare, y cómo levantaba la pierna! La vieja funda de la silla del rincón estalló al verlo- ¿Me vais a coronar también a mí? -pregunto la tenaza; y así se hizo

» - ¡Vaya gentuza! -pensaban los fósforos

» Tocábale entonces el turno de cantar a la tetera, pero se excusó alegando que estaba resfriada; sólo podía cantar cuando se hallaba al fuego; pero todo aquello eran remilgos;

no quería hacerlo más que en la mesa, con las señorías

» Había en la ventana una vieja pluma, con la que solía escribir la sirvienta Nada de notable podía observarse en ella, aparte que la sumergían demasiado en el tintero, pero ella se sentía orgullosa del hecho

Ngày đăng: 08/05/2017, 11:50

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